Columna: "Yo vi jugar a Dubovsky"

Zamorano en plena sequía había anotado. Nadie vino a abrazarle. Ni Laudrup, ni Luis Enrique ni Paco Buyo. Sólo un flaco paliducho tan inadvertido como él fue en busca de su saludo.

Zamorano no había podido caer más bajo, tanto que en algún momento se llegó a hablar de la "sequía goleadora". Tanto que la "sequía goleadora" se transformó en frase, en talla de comidas entre compañeros de oficina, en cervezas después del baby.

Era a mediados del '93. Zamorano podría haber matado a un arquero, haberse quedado diez minutos después de un partido y ni siquiera así habría anotado. Mufa insacudible.

Nadie se acuerda del partido. ¿Contra el Betis?, ¿El Valladolid? Hacía mucho rato que el Real Madrid tenía la vitrina vacía, sin opción al título. Era pleno segundo tiempo, casi al final. Entonces Zamorano agarró una pelota en el aire, de espaldas al arco, y la clavó de chilena como una puñalada en su propio orgullo.

Corrió en busca de la gloria. Nadie vino a abrazarle. Ni Laudrup, ni Luis Enrique ni Paco Buyo. Sólo un flaco paliducho tan inadvertido como él fue en busca de su saludo, porque conocía lo que era la ingratitud de la banca, el dolor de ser siempre actor de reparto.

Los chilenos que nos gustaba martirizarnos los domingos al mediodía con Juan Manuel Ramírez sabíamos que era el mismo flaco del que se aseguraba que le aserruchaba el piso a nuestro Iván. Era un tal Peter Dubovsky.

Pero nadie ahora se acuerda de esos partidos.
El Mercurio Electrónico
Viernes, 23 de Junio de 2000, 11:13
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