Atleta aborigen Cathy Freeman enciende la ceremonia

15 de Septiembre de 2000 | 08:55 | EFE
SYDNEY.- Los Juegos Olímpicos de Sydney echaron a andar en una ceremonia concebida como exaltación de la diversidad cultural australiana y que vivió su momento más intenso cuando la atleta Cathy Freeman, orgullo de la comunidad aborigen, encendió el pebetero de los Juegos.

El césped del Estadio Olímpico de Sydney, el mayor utilizado nunca, fue hoy una réplica del desierto australiano sobre el que actuaron 12.600 personas y desfilaron 11.600 deportistas y oficiales ante 110.000 espectadores.

La ceremonia inaugural fue un alarde de perfección técnica y de originalidad artística, con un intachable sonido en directo y espectaculares efectos especiales muy bien acogidos por el público, que, en cambio, se mostró frío durante el desfile de los atletas.

La entrada en el estadio de 120 caballos marcó a las siete de la tarde, una tarde nubosa y fresca, el comienzo de la fiesta. El presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, el gobernador general de Australia, sir William Patrick Deane, el presidente del Comité Organizador, Michael Knight, y la ex nadadora Dawn Fraser encabezaron el grupo de autoridades.

Daene fue el encargado de declarar inaugurados los Juegos en nombre de la Reina de Inglaterra, jefa de Estado de la Commonwealth, después de que Samaranch felicitase a Sydney por su "excelente organización" y de que Michael Knight asegurase que "en el corazón de los australianos hay sitio para apoyar a los atletas de todo el mundo".

El océano tuvo un protagonismo destacado en la simbología de la ceremonia. En un país en el que el 80 por ciento de los habitantes vive repartido por sus 36.735 kilómetros de costa, el Estadio fue invadido en varias ocasiones por inmensos bancos de peces de colores y otras especies más temibles.

El proceso de reconciliación emprendido en los últimos años por las dos comunidades australianas, los indígenas y los colonos, fue el hilo conductor de la ceremonia, que reflejó con fidelidad la diversidad de costumbres de un país formado a golpes de inmigración.

Casi dos horas duró el desfile de atletas, abierto, como es tradicional, por Grecia, y cerrado por el numerosísimo equipo local. Fueron acogidas con más calor que el resto -poco, en todo caso- las delegaciones de Bosnia-Herzegovina, Brasil, Fiyi, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Timor Oriental y, sobre todo, Corea.

El público aplaudió puesto en pie la aparición conjunta, como un único equipo, de los deportistas de Corea del Norte y del Sur, que desfilaron encabezados por la bandera de la península que comparten. A partir de mañana competirán como rivales, pero hoy, por unas horas, los dos países volvieron a ser el mismo.

Los organizadores de la ceremonia copiaron de la inauguración de Barcelona'92 el despliegue de una inmensa bandera olímpica sobre los deportistas situados en el anillo central. Con los protagonistas de los Juegos ya dispuestos para el protocolo, se procedió al izado de la bandera olímpica, al juramento de los atletas y de los árbitros -a cargo de Rechelle Hawkes y Peter Kerr, respectivamente- y, por fin, al encendido de la llama.

El fuego llegado desde la lejana Olimpia entró en el estadio a las 23.00 horas portado en silla de ruedas por la ex atleta Betty Cuthbert, campeona olímpica de 100, 200 metros y 4x100 en Melbourne'56 y de 400 en Tokio'64, enferma ahora de esclerosis múltiple.

En homenaje al centenario de la participación femenina en los Juegos, todos los relevistas de la llama en el interior del Estadio fueron mujeres, entre ellas Dawn Fraser.

El encendido de la llama superó en espectacularidad todos lo visto hasta entonces. Cathy Freeman, campeona del mundo de 400 metros y combativa defensora de los derechos de los aborígenes, se sumergió con la antorcha en una cascada de agua de la que surgió, prendido en fuego, un platillo metálico que ascendió mecánicamente hasta la grada más alta del estadio. Allí, transformado en una antorcha gigante, iluminará los Juegos de Sydney hasta el día 1 de octubre
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