El mismo sueño, el mismo final

Cansa. De verdad, cansa. Rastrojear en busca de una nueva razón para despertar con las manos vacías, pudiendo tenerlas tan llenas. Chile volvió a llorar, cuando todo estaba para reírse a carcajadas, para mandar a las mufas a buena parte, cuando el cuello estaba tan cerca de verse tan lindo.

26 de Septiembre de 2000 | 07:22 | Patricio Corvalán Carbone, El Mercurio Electrónico
MELBOURNE.- Puede ser un detalle, pero si uno se pone preciosista y quisquilloso, volvió a aparecer el segundo fatal, el que se encarga de terminar de un plumazo los sueños quizás desmesurados si se piensa en los objetivos que se traían desde Chile.

El segundo ese no tiene que ver siquiera con el minuto final, cuando Contreras supuestamente enganchó a Mboma y vino el penal y el desenlace conocido.

El segundo ese vino antes. A los treinta minutos. Nadie nunca se va a poder explicar en qué pensó Claudio Maldonado cuando entró solo al área, cuando tres chilenos lo acompañaban para concretar la primera gran y solitaria ocasión y cuando en vez de tocarla al medio (porque, por mucho nervio, presión y sueños, era cosa de tocarla al medio) decidió jugársela y rematar él.

De poco sirvió ilusionarseEl resto se conoce. Kameni contuvo la pelota y aunque un minuto después Contreras lo inquietó y el rebote dio en Abanda y se transformó en el ilusorio uno a cero, el segundo ese, el fatal, fue determinante. Como los malos presagios.

A estas alturas ya no vale la pena desmenuzar el planteamiento chileno. Cuando Camerún se cansó, Chile tuvo la claridad para conducir la pelota en el mediocampo -gran faena de Ormazábal, Tello y Pizarro- y asestar envíos largos, pero a ras de piso para que Zamorano o Navia pudieran definir.

Ninguno de los dos estuvo en una noche afortunada, pero el capitán al menos fue una preocupación para una defensa que jamás dejó de usar la línea del fuera de juego como el arma letal.

Como siempre, los comentarios sobre una actuación chilena terminan desviados hacia la mala suerte, hacia las serias sospechas de que alguien, en alguna parte, nos tiene envidia y hace rato se desvive por burlarnos. Porque esta vez, menos que nunca, se pueden hallar razones para entender qué pasó.

Porque se jugó bien (nada que envidiarle al Chile-Italia del Mundial de Francia), porque se tuvieron ocasiones, porque Camerún jamás fue más, porque incluso se estuvo en ventaja hasta seis minutos antes de finalizar el partido.

Pero el final del cuento fue el mismo de toda la vida, la dura frase que alguna vez alguien, tal vez intuyendo la envidia, esbozó la lápida más certera: "jugamos como nunca, perdimos como siempre".
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