En un Teatro Caupolicán con poco más de la mitad de su espacio copado, el cantante comenzó tibieamente con sus canciones solistas y remató con hits de su época a la cabeza de Suede.
José Miguel PérezDos personalidades parecen habitar en Brett Anderson. Una es la de un tipo compuesto y pulcro, pero no menos afectado, que interpreta desde la distancia canciones que aspiran a una radical melancolía, y como si dentro del teatro donde canta no existieran más que él y su piano. El otro, en cambio, es un auténtico y movedizo pop star, heredero de la mejor tradición de frontmans británicos, desde el glam hasta el britpop.
Ambos sujetos se vieron en el Teatro Caupolicán, en el doblemente postergado debut del ex líder de Suede en tierras nacionales. Una espera larga, incomprensible y a ratos insoportable, que no impidió que el británico retrasara en media hora su salida a escena, causando aisladas rechiflas entre el público.
Pero la aparición de Anderson en el modesto escenario —íntegramente negro— calmó cualquier ánimo de exacerbación. Literalmente. Porque la reposada y algo insípida fórmula que el cantante escogió para encauzar su carrera como solista logró, por largos minutos, sumir a los presentes en algo muy similar al letargo.
Es el perfil que el artista ha intendo cultivar en los últimos años y que anoche reflejó desde la apertura, pese a una electrificada versión de "Funeral mantra". Una postura que acentuó luego de sentarse al piano, para iniciar con "To the winter" (del álbum de 2007, Brett Anderson) un largo segmento de una creciente intimidad paradójicamente distante, amparada en temas que para gran parte del público son aún desconocidos, y en los que se filtra la deuda con el más sombrío Suede. Precisamente de esa esfera del grupo llegaron momentos de mayor emotividad, con temas como "By the sea" o "The 2 of us".
Sin embargo, la escena cambiaría radicalmente a partir de "Killing of a flash boy" (del disco de lados B de su ex banda, Sci-fi lullabies). Entonces apareció el otro Anderson, el showman estelar, energético y cautivador, que agita al público y hasta despierta chillidos. Un arribo que coincidió con el momento en que el cantante decidió tomar los temas de su antiguo grupo para no soltarlos más, de la mano de un trío que busca reproducir con estricta similitud el sonido de Suede.
Así se sucedieron piezas infalibles como "She", Filmstar", "Trash" y "Beatiful ones", para el delirio de los cerca de tres mil asistentes que llegaron hasta el Teatro Caupolicán, pero también para hacer evidente la mayor contradicción en la etapa actual del artista, que sólo recordando al líder de Suede pudo alcanzar verdadera altura.
Brett Anderson hoy parece atrapado en su propia construcción, enredado en un tejido hecho con los hilos del artista que languidece en el perfil que insiste en cultivar, de la reputación que a medias busca dejar atrás, y de la estrella que lucha por imponerse.