MILÁN.- Las fiestas de esta época –la Inmaculada, San Ambrosio y hasta los preparativos para Navidad- palidecen en Milán ante la inminente apertura de la temporada lírica de La Scala; en especial, porque esta vez abre una ópera francesa (“Carmen”, de Bizet), con lo cual muchos fruncen el ceño, y porque la presencia de la directora teatral Emma Dante, junto a treinta de sus actores de la compañía Sud Costa Occidentale, tiene en vilo a los amigos de Loggione (los más críticos y difíciles del mundo, según se dice), a la prensa y a la dirección del teatro.
El viernes pasado, miles de jóvenes menores de treinta años, todos vestidos elegantemente, asistieron a la gratuita “anteprima” dedicada a ellos, y si es por tomar el pulso, esa función fue no sólo un regalo magnífico para los nuevos espectadores sino un triunfo absoluto para los artistas, que salieron a saludar bajo una ovación interminable.
Fue una verdadera fiesta de bravos, zapateos y chiflidos, con el maestro Daniel Barenboim convertido en rock star desde el inicio, cuando micrófono en mano dio la bienvenida y anunció que, por “una repentina indisposición”, el tenor Jonas Kaufmann no podría estar en la función. En reemplazo, el joven Riccardo Massi tomó el rol de Don José.
Muy compuesto, el maestro recordó: “Hace dos años, me nombraron maestro scaligero, un título impresionante. Tan impresionante que nadie sabe qué significa, de qué se trata y qué se espera de mí. Pero aquí estoy, feliz y emocionado de serlo. Pásenlo estupendamente”.
La emoción creció cuando, al bajar al foso, su batuta impetuosa arremetió sobre el Himno Nacional de Italia, poniendo de pie a toda esta Scala joven, intensa y madura.
Como dice Aldo Poli, Presidente de la Fundación Banca del Monte di Lombardia, gestora del plan “Familias y jóvenes al teatro”: “Esto ofrece a los menores conocer los dones del arte, oportunidad única de estimular el espíritu crítico, de la conciencia y del gusto por confrontar ideas. Un momento de reflexión, de alegría y de conmoción”.
Se entiende así la energía de la noche del viernes 4. Un flujo de comunicación desde la galería al escenario, que regresaba desde ahí con fuerza estremecedora. Se entiende así, también, las 8 mil peticiones en línea para la función, agotándose todos los puestos del teatro en apenas dos minutos.
Una versión de "alta temperatura"
Emma Dante, autora y directora teatral de imaginación desbordante, piensa que su “Carmen es un virus en la ópera. Nunca antes estuve en La Scala. No he visto nunca una ópera en vivo”. Una declaración que inquieta a los amigos de Loggione (i loggionisti), que se preparan para caer sobre ella si es que no está a la altura de sus expectativas.
Sigue Emma: “Para mí, la ópera es como un país extranjero del cual no hablo la lengua pero que espero llegar a entender con toda humildad. El único desacuerdo con el maestro Barenboim es respecto de las castañuelas: yo las preferiría en la orquesta, pero él las quiere en el escenario…”. Ganó Emma: la noche del viernes estuvieron en el foso.
Dante explica que su Carmen está más cerca de la novela de Mérimée que de Bizet y que las mujeres de su régie viven en medio de la furia, el dolor y la sumisión. “Carmen, en cambio, no es una víctima de eso sino una rebelde que transgrede todas las reglas, que conoce su destino de muerte y que tiene libertad incluso para ir a su encuentro”.
Dominique Bruguiere, responsable de las luces del espectáculo, indica que tanto ella como el escenógrafo Richard Peduzzi, viajaron por Parlermo junto a Emma Dante, para encontrar “ciertas penumbras alarmantes”. “Pero en el escenario no se verá Palermo ni Sevilla; hablo en cambio de lo que me gusta llamar el ‘sur del alma’, donde todo está en el espacio público: la muerte, el amor, el sacrilegio, los pobres y los pequeños criminales”.
Hace algunos años, el cardenal Tarcisio Bertone, actual secretario de Estado del Vaticano, se refirió contrariado al hecho de que Emma Dante, en su obra “El mono”, mostrara a un bello joven desnudo que termina siendo crucificado. Bertone estará en Milán este 8 de diciembre celebrando a la Purísima en Il Duomo. No sabemos si irá o no a La Scala el día antes, pero es probable que llame su atención el mundo religioso que quiere mostrar la régie. Sobre el escenario circulan sacerdotes, monaguillos, monjas y procesiones, y puede ser que las gitanas vengan vestidas no de tales “sino de religiosas, como cigarreras que viven dentro de una fábrica monástica y carcelaria”.
Interesa también la belleza del conjunto. “Por eso están ahí los 30 actores de mi compañía, que saben de teatro y que ayudan al coro en mis requerimientos dramáticos. También mi esposo es uno de ellos. ¿Su nombre? Carmine Maringola, verdaderamente buenmozo, que hace de cura. Y están esos dos muchachotes que son Jonas Kaufmann (Don José) y Erwin Schrott (Escamillo), que no dejan a nadie indiferente. Mi favorita es Anita Rachvelishvili, Carmen”.
Emma se refiere a la mezzo georgiana que presenta toda una apuesta para La Scala, que la reclutó para el rol titular. Tiene 25 años y audicionó para el papel de Frasquita. En este teatro antes sólo había cantado Cherubino (“Las bodas de Fígaro”), Suora Zelatrice di “Suor Angelica” y un personaje en “Asesinato en la Catedral”.
Barenboim, en tanto, promete que su dirección no será una españolada y que su “Carmen” tendrá “una alternancia de ligereza mozartiana con momentos trágicos. La famosa ‘Habanera’, además, no sólo es gitana o española; en ella hay ecos de África y de Cuba. Mi versión será de alta temperatura. He pedido a los músicos y a los cantantes que siempre deben sentir tras de sus espaldas la amenaza y el miedo de un cuchillo”.
Primero, estará Jonas Kaufmann, lo que es importante, porque se lo considera el mejor tenor de la actualidad y “el” Don José de estos tiempos. Anita Rachvelishvili impactará con su voz opulenta y Erwin Schrott será un Escamillo ideal, por arrogancia, porte y voz. Adriana Damato, como Micaela, es probable que pase inadvertida… o que sea silbada.
La puesta mostrará una sociedad violenta y de religiosidad perniciosa; un mundo machista en el que las cigarreras y Carmen encarnan el ímpetu de la libertad. Los solados entrarán a escena cargando niños en sus espaldas, los que pronto se bajarán de ahí para hacer piruetas semidesnudos.
Las compañeras de Carmen vendrán en circunspecta procesión, con flores en la boca y hábitos medio monacales, de los que desprenderán en una fuente central para tomar un baño en enaguas.
Carmen se hace acompañar por cinco niñitas que la quieren y siguen por donde va; una de ellas es la encargada de tirarle la flor a Don José. Micalea, acompañada siempre por un sacristán y una cruz, trae su vestido de novia puesto debajo del manto negro que la cubre: divertido, la verdad. La riña entre Carmen y Manuelita es tremenda: gran despliegue de recursos actorales, mechoneos incluidos y violenta paliza a una de ellas de parte de un oficial.
El segundo acto es una gran coreografía, espléndidamente ejecutada, con Escamillo cantando sobre una mesa que parece sacada de “La Traviata”.
Su entrada a escena es vía ascensor, al igual que la llegada de Don José. El cuadro de las montañas (acto III) aporta juegos de luces fantasmales y aquí Anita se luce en el aria de las cartas: tiene 25 años y puede hacerlo bien. Increíble.
Micaela, en tanto, de novia ansiosa pasa a ser la madre de José en lecho mortuorio, idea curiosa pero de alto impacto visual. Finalmente, toreros lucen cuerpos y agilidad en el último acto, mientras Carmen aparece desganada, sin energía vital para enfrentar las protestas de Don José y su intento de violación. La muerte es por degüello seguida de procesión pavorosa.
Para esta gran fiesta social, La Scala se prepara en forma para agasajar a sus invitados. La de mañana será una cena de buffet donde resplandecen un carpaccio de salmón adornado con su propio caviar.
Luego, una tagliata de esturión al melón rosa, timballini de arroz al huevo, nueces y salsa con pistilos de azafrán, champignones porcini y salame de ganso, pequeñas milanesas cocidas a baja temperatura, bavaroise de marrón con gotas de criollo, budín de panettone con gelatina de mandarinas, mousse de chocolate con naranjas crocantes y crema catalana, homenaje a la ambientación de “Carmen”.
Todo, adornado con pétalos de rosa, hojas de menta y violetas cristalizadas. La preparación está a cargo del reputado Caffé Scala.
Una demostración de la expectante vida artística que tiene sin aliento a Milán fue la transmisión televisiva que la Rai 3 hizo el jueves 3 por la noche. El conductor Favio Fazio partió en grande, con la Orquesta Filarmónica de La Scala y el maestro Barenboim interpretando los preludios de “Carmen” y hablando de la importancia de hacer llegar la cultura a un público masivo. Pero esto no quedó ahí.
Pronto Barenboim llamó a escena a Claudio Abbado, quien, tras 24 años de alejamiento, ante la audiencia televisiva, volvió a dirigir a la Filarmónica fundada por él en 1982. El mismo que unos minutos después anunció en pantalla que estará frente a ella el 4 de junio, dirigiendo la Segunda Sinfonía de Mahler.
La gente del estudio llegó a llorar.
Pronto, la conversación se detuvo sobre los trabajos de Barenboim con su orquesta de jóvenes árabes y judíos, y al proyecto de José Antonio Abreu en Venezuela, donde ya son 350 mil los niños que pertenecen a algún conjunto sinfónico en el país: “La música permite escapar de la violencia y de la pobreza”, dijo Abbado.
Como si esto fuera poco, Barenboim siguió con los anuncios: era ahora el pianista Maurizio Pollini quien entraba a escena para hablar de pasión social y cultura, y de cómo los jóvenes necesitan ser llevados a la música para experimentar con ella un sentido profundo de libertad y vida democrática.
Abbado, Pollini y Barenboim, reunidos en la TV por espacio de dos horas y media, para hablar de “Carmen”: un mundo distinto al nuestro, sin duda.