Sólo dieciocho segundos, apenas dos versos, es lo que se demora Ricardo Arjona en lanzar al ruedo la primera metáfora de su nuevo disco: "Yo tengo una guitarra vieja / preñada con esta canción", son las líneas iniciales de Viaje. Y puede parecer un anuncio de que el cantante guatemalteco viene con más de lo mismo en el décimocuarto álbum de su discografía, pero la noticia es que aquí Arjona modera en algún grado su estilo, el mismo que le ha valido el éxito de masas tanto como la sorna ya común de los detractores de sus talentos poéticos.
Más allá de su consabida sobrecarga de metáforas, personificaciones, analogías y otras figuras literarias, un efecto de esa recarga es que con Arjona la letra siempre ha parecido importar más que la música, de modo que los versos se encajan sobre la canción haya o no espacio en la métrica. Y eso cambia en Viaje. Aquí el cantante suele balancear bien letra y música, y en los arreglos también hay equilibrio. Un polo es el sonido de balada pop rock que se oye en "Cavernícolas", "Vives para morir", "A la luna en bicicleta" o en el single "Apnea", canciones con melodías y coros bien logrados. Y otro es ese tipo de incursión caribeña que se remonta a discos como Si el norte fuera el sur (1996). Es el sonido más "natural" que hay en el reggae con bronces y percusión latina de "Lo poco que tengo" y "Nube de luz", en lo que parece una mandolina en "Soldado raso", el tres cubano de "Viaje" y el intento salsero final en "Cisnes". Cierto que hay clavecín, solo de trompeta y un cuarteto de cuerdas como para tratar de meter a Mozart y los Beatles, todos juntos, en los cuatro minutos de "Pedigrí". Pero justo antes el cantante entona la balada de piano "Tu boca", que debe ser la canción mejor terminada de toda su vida.
Claro que no es cosa de dejar de ser Arjona de un día para otro. Ahí está el ADN de sus versos, desplegado entre las cosas sencillas de la vida como "el mentol de ese dentífrico de moda" en "Tu boca", o lo que pasa "mientras preparas el café" en "Nube de luz". Está el personaje romántico del perdedor: "Jubilé a Cupido / harto de fracasos", canta en "Soldado raso". Está el sexo: "Te sabías el popurrí del kamasutra / y burlábamos la ley de gravedad", se jacta en "Cavernícolas". Y en la letra de "Tu fantasma" hay "sudor en el colchón", dicho por el mismo hombre que en "Para bien o para mal" contabilizó un colchón de contrabando y la ropa haciendo siesta (2005), que en "Niña buena" filosofó sobre tener tanto espacio en mi colchón (2008), que en "Olvidarte" se preguntó cómo no extrañar tu cuerpo en mi colchón (1998), y que en "Millonario de luz" recordó que cuando llegas por las noches le pones el ruido a mi colchón (1998).
El cantante vuelve además sobre recursos retóricos como la enumeración en "Lo poco que tengo" (parte del inventario: "las huellas de tus pies descalzos / el humo de la cafetera / tres cuadros surrealistas falsos"), y sobre inspiraciones como la geografía en "Viaje" (parte del recorrido: "Subiendo tus cordilleras / mojándome en tu Iguazú / los Alpes son tus caderas / mi sueño es tu Katmandú"). Es Arjona con todas sus letras. Pero con la diferencia de que acá hay más pausa en esas letras, y eso basta para contener su compulsión por el verso. Ocurrió después de veintiún años de grandes éxitos. Mejor tarde que nunca.
—David Ponce