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"Nueve semanas y media", un éxito de los años '80 que implicó un verdadero calvario para Kim Basinger

La actriz relató que el director Adrian Lyne, en complicidad con Mickey Rouke, la maltrató para que su participación fuera "más verosímil" con la trama.

07 de Abril de 2020 | 13:16 | La Nación, GDA / Publicado por N. Quijada, Emol
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Archivo La Nación, GDA
En una época en la que el debate sobre el erotismo y el rol de la mujer en la industria cinematográfica está más presente que nunca, sobre todo tras la condena a Harvey Weinstein, vale la pena recordar lo que significó para Kim Basinger el haber participado en la exitosa película de los '80 "Nueve semanas y media".

Lo cinta significó un conflicto no por los detalles de esa relación ardiente entre un hombre dominante y una galerista de arte masoquista que, comparada con "Cincuenta sombras de Grey", parece un cuento de Disney. Las discusiones más fuertes en torno al filme estaban en verdad más enfocadas en una preproducción complicada y un rodaje caótico y lleno de problemas.

El primer escándalo se produjo en el casting: Kim Basinger, conocida por entonces como la "chica Bond" de "Nunca digas nunca jamás" (1983) y portada de la revista Playboy ese mismo año, la terminó definiendo como "la peor experiencia" de su vida profesional.

Elegida Miss Georgia en su posadolescencia, tenía entonces treinta años y estaba lista para transformarse en estrella de Hollywood. Tanto como para que un productor de la industria la definiera con excesivo entusiasmo como "un cruce entre Marilyn Monroe, Brigitte Bardot y Judy Holliday, con el talento de Julie Christie". Robert Altman, un cineasta muy respetado, le agregó más aire a ese globo de ensayo: "Es la próxima Meryl Streep", aseguró sin ruborizarse.

En ese marco, Adrian Lyne no dudó. Basinger era la chica del momento y tenía todo lo que, según él, era vital para el papel: inocencia e instinto.

Una vez que la actriz aceptó el trabajo empezaron los inconvenientes, relacionados mayormente con exigencias inesperadas del director, como la prohibición de un contacto con Rourke previo al primer día de rodaje, pensada para que ella pudiera "verlo realmente como un extraño e incluso le tuviera miedo". Fue solo el inicio de una larga pesadilla que Lyne planificó con frialdad.

La idea de filmar las escenas en orden cronológico, una decisión atípica en una producción de este tamaño y que hizo disparar los costos de la película, respondió a la necesidad de que los personajes protagónicos experimentasen las perversiones que marcan una relación caracterizada por las prácticas degradantes para Elizabeth, quien sin embargo las asume obsesivamente, como si se tratara de una adicción.

Los juegos eróticos de la película son bastante retorcidos, pero es cierto que es más lo que se insinúa que aquello que se muestra. El libro en el que se basa el film, de hecho, es mucho más morboso: la protagonista se pasa la mayor parte de esas nueve semanas y media que dura la relación encadenada, prisionera de un auténtico psicópata.

Ya en el casting, Lyne había generado algunas situaciones de tensión y hostilidad para que Basinger quedara, según sus propias palabras, "al filo del terror". Y en la filmación perfeccionó la técnica: en cada escena en la que hubo que hacer retomas solo le dirigía la palabra a Rourke, una manipulación emocional que dejaba en situación de extrema fragilidad a Basinger.

Años más tarde, Rourke (socio evidente del director en ese juego contaminante) diría que se sintió muy cómodo en el rodaje y que valoraba mucho que el equipo de la película se hubiera preocupado porque comiera bien, descansase lo suficiente y pudiera escuchar música a todo volumen en los momentos previos al registro de las escenas.

El momento más angustiante para Basinger fue el de la última escena del guion: un juego de amo y esclava condimentado con gran cantidad de somníferos, que encima fue eliminado del montaje definitivo del filme. Convencido de que era imperioso que la actriz estuviera en la situación más vulnerable posible, Lyne le pidió específicamente a Rourke que la maltratara. Y el actor cumplió: tomó a su compañera del brazo, la sacudió un par de veces hasta hacerla llorar y finalmente le dio una bofetada. Impensable para esta época, pero posible en aquella.

El recuerdo que queda hoy de la película de Lyne está más atado a ese rodaje tumultuoso que a la calidad de una película que, además, sufrió la censura de la compañía que la distribuyó (MGM): quedaron fuera de la versión que se estrenó en febrero de 1986 un trío de los protagonistas con una prostituta, una violación simulada y una escena de sexo en la que Basinger llevaba un bigote postizo. Los más memoriosos podrán señalar también el cameo del stone Ron Wood o la excelencia de una banda sonora que también incluía temazos de Bryan Ferry, Devo y Eurythmics. Pero no mucho más.
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