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Columna de opinión: La Constitución y el cambio generacional

Cuando la sociedad cambia muy rápidamente —como ocurrió en los treinta años que acaban de pasar— y la estructura social y la cultura se alteran y modifican, no todos quienes viven en ella son coetáneos o contemporáneos. Hay entonces grupos humanos con distintos horizontes vitales.

05 de Agosto de 2022 | 08:16 | Por Carlos Peña
El Mercurio
El ministro Giorgio Jackson acaba de decir que uno de los rasgos de la política chilena es la diferencia de generaciones. Sus palabras desataron molestia y debió desdecirse.

Sin embargo, bien mirado, tiene toda la razón. Desde luego, el problema constitucional no se comprende bien sin esa diferencia generacional. Es cosa de mirar las encuestas y la forma en que en ellas se distribuyen las preferencias.

Uno de los rasgos de la vida humana, individual o colectiva, lo constituye el hecho de que las cosas y los acontecimientos revelan su importancia o su inanidad sobre el fondo de un horizonte vital o de sentido. Que una cosa cualquiera, por ejemplo, esté cerca o lejos no es algo físico sino vital: depende del interés que pongamos en ella o del significado que le atribuyamos. Algo está lejos cuando se lo necesita, y su ausencia es alarmante cuando nos importa. Así el mundo en derredor, el tiempo que transcurre, las cosas que incumben y las que no, las urgentes y las postergables, las desdeñables y las relevantes, no lo son en sí mismas. Lo son desde el horizonte en medio del que vivimos. Pues bien, la generación nacida en la segunda mitad de los ochenta y comienzos de los noventa —la de Boric, la de Jackson, la de Vallejo, la de buena parte de los convencionales— está provista de un horizonte de sentido que es muy distinto y a veces casi inconmensurable con el de la generación que la antecedió. La vivencia del tiempo, la situación espacial, la sexualidad, la forma de vida, la concepción del bienestar, son para esta generación muy otras que para las más viejas.

Y muchas de esas diferencias aparecen en el texto constitucional: la paridad, el reconocimiento, los derechos de la naturaleza, la convicción de que no todo depende del desempeño, los derechos reproductivos.

No se trata, sobra decirlo, solo de una cuestión de edad. Tampoco de una cuestión ideológica. Es, más que cualquier otra cosa, un asunto de sensibilidad vital.

Las generaciones son, ante todo, un asunto de horizonte vital, de horizonte de sentido, de formas de vivenciar el tiempo y la existencia. Cuando la sociedad mantiene su fisonomía por largo tiempo, cuando la forma de producir y de comunicarse, cuando los medios de producción son en un muy largo lapso los mismos, todos quienes vienen a este mundo comparten el mismo horizonte y, en ese sentido, los jóvenes y los viejos habitan el mismo tiempo cronológico y además son contemporáneos. Pero cuando la sociedad cambia muy rápidamente —como ocurrió en los treinta años que acaban de pasar— y la estructura social y la cultura se alteran y modifican, no todos quienes viven en ella son coetáneos o contemporáneos. Hay entonces grupos humanos con distintos horizontes vitales. Los más viejos habitan un mundo distinto al de los más jóvenes. Los primeros viven el tiempo como descendencia o retroceso, los segundos como ascendencia a un nuevo nivel histórico. Los primeros creen haber visto todo más de una vez; los segundos creen haber descubierto algo que nadie vio antes.

Eso es lo que está ocurriendo hoy en el subsuelo de la vida política chilena. Sea cual sea el resultado del plebiscito, se está asistiendo a una modificación del horizonte vital, ese fondo contra el cual las cosas se revelan como importantes o nimias, urgentes o morosas. Se está asistiendo a un cambio de usos, de vigencias (de quodviget, lo que está vivo); está surgiendo un “nuevo ideal de la vida” (en la expresión de Dilthey).

Una nueva generación no se rebela contra los abusos. Esto último lo hacen todos los grupos con sentido de justicia. No. Las nuevas generaciones, y esto es lo que las hace tan incomprensibles incluso para los que las apoyan, se rebelan contra los usos, contra el sistema de vigencias sobre el que la sociedad se erige: esas prácticas sociales, esos modos de concebir la existencia que se daban por sabidos y que poseían una evidencia casi atmosférica. El aspecto más periférico y superficial de todo esto son, desde luego, el cambio de modales, el rechazo de la corbata, la forma de transportarse, de sentarse, todas esas cosas que escandalizan y molestan a los más viejos. Pero el más profundo y el que más importa es el modo en que la nueva generación concibe la relación con los demás, la manera en que comprende la colectividad a la que pertenece y los deberes recíprocos que ello supone.

Hoy suele decirse que todo es política. La verdad es al revés. Todo es social: se produce un fenómeno político cuando antes se ha producido un cambio social. Y es a eso a lo que hoy se está —para bien o para mal— asistiendo. Entre otras cosas a un cambio generacional del que la cuestión plebiscitaria no es más que un capítulo.

Y no el de mayor relevancia.
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