Hay en la oficina de Ricardo Lagos un cuadro de Bororo que retrata el que debía haber sido uno de los momentos estelares de la campaña que lo llevó a la Presidencia de la República. En una mesa, un grupo de intelectuales y artistas, y en la cabecera, presidiéndolos, Lagos junto a una mujer de rasgos orientales: Yoko Ono. Ese día de octubre de 1998, la legendaria japonesa había llegado a Chile para apoyarlo. Todo un golpe mediático. El problema fue que esa misma jornada, a miles de kilómetros, en Londres, el general Pinochet era detenido por Scotland Yard y acaparaba la atención mundial. Así, del encuentro del entonces candidato con la viuda de John Lennon pocos supieron.
Lagos cuenta la anécdota sonriendo. Es que el episodio bien retrata cómo eventos fortuitos pueden echar por tierra aquello que parecía perfectamente planificado. Una reflexión también aplicable al proceso constitucional chileno, abundante en giros sorpresivos, desde los cambios de fecha que —impuestos por la irrupción del covid-19— alteraron toda su calendarización y generaron efectos políticos que aún no se dimensionan, hasta el abrumador triunfo del Rechazo en el reciente plebiscito. Un proceso en el que también Lagos jugó un rol clave, pero de una forma muy poco convencional: en lugar de alinearse con una u otra opción, declarar explícitamente que no le entregaría apoyo público a ninguna.
—El domingo pasado, ¿con qué sensación se fue a acostar? ¿Enojo, pena, alegría, tristeza?
—Una mezcla. Primero, la sorpresa de la magnitud. Después, el porqué. Y el porqué, claro, tiene una historia para atrás de los errores que se hicieron para designar a esa Convención. Creo que los partidos políticos no le dieron ninguna importancia a ello. Y luego, los que toman las encuestas, ¿dónde estaban, que no previeron esto? Pero, al mismo tiempo, digamos algo bueno: nadie discutió al Servel. Alguien dirá que la magnitud del triunfo era muy grande, lo que sea, ¿pero en cuántos países del mundo a las 8 y media de la noche se sabe el resultado? Y a partir de eso nadie discutió nada. Tuve la sensación: algunas instituciones todavía quedan. Entonces está esta sensación agridulce, de cómo se produce esta hecatombe que nadie la prevé. Pero intuía también que viene una segunda oportunidad, una segunda oportunidad de comenzar todo de nuevo. Pero ahí yo reivindicaba: para eso van a servir las cinco medidas a tomar si gana el Apruebo o las cinco medidas si gana el Rechazo.
—El documento que usted escribió.
—Ahí está ese texto. Claro, si ganaba el Rechazo, el documento era muy largo... Alguien me lo echó en cara: por qué tenía más hojas que el otro. Bueno, porque tenía que delinear todo lo que a mi juicio, habiéndose rechazado el proyecto de Constitución, tenía que estar en la Constitución final que se hiciera. Y eso implicaba empezar a recitar los artículos, para ser bien concretos. Eso a mi juicio es lo que hay que hacer. Y como ganó el Rechazo, puedo tomar el texto constitucional y decir esto, esto, esto y esto me parece bien y debe estar en el nuevo texto. Entonces tengo una parte de la Constitución que ya está hecha.
—¿Vamos a saber alguna vez qué votó Ricardo Lagos?
—Yo creo que no.
—¿Por qué?
—Porque fue una forma de protestar contra la liviandad con que estábamos tomándolo todo. La única preocupación era usted está a favor o en contra, Apruebo o Rechazo. Mire, yo estoy, fíjese, por el Apruebo, porque creo que pa-pa-pa. No, el “creo que pa-pa-pa”, no importa, usted es Apruebo. “No, yo estoy por el Rechazo porque creo que algunas cosas requieren de una modificación, pa-pa-pa...”. No. Estábamos discutiendo una Constitución y al final terminamos en Apruebo y Rechazo, que es la negación de una Constitución. Porque la Constitución, ¿qué es? Es la ley de leyes, la ley fundamental por la cual en una democracia los seres humanos aprenden a procesar sus diferencias de una manera civilizada. Y si eso que llamamos Constitución no tiene una gran mayoría de respaldo, no hay una legitimidad propia de lo importante que es... Cada uno es yo y su circunstancia, claro. Yo tomo noción de lo que es una Constitución cuando me enseñaron educación cívica en el Instituto Nacional, cuando estudié la historia constitucional de Chile en la Facultad de Derecho... Lo que quiero decir es que para mí la Constitución era algo natural. Está bien, estudiamos con la Constitución del 25, pero era algo importante, que no se discutía. Otra cosa es que la aggiornáramos... Con todo, yo diría que tenemos una historia constitucional decorosa y no es baladí no saberla.
—¿Y qué ocurrió en este proceso constitucional? ¿La Convención se olvidó de la historia?
—No hay solo una causa. La primera, desde el punto de vista político, fue que la derecha entendía que eran muy importantes los dos tercios, porque mientras ellos fueran más de un tercio, tenían las llaves para reformar o no. Eso lo habían usado siempre... Tan pronto llegué a Presidente dije: voy a recurrir a una comisión mixta parlamentaria, que lo consagra la Constitución, que para ciertos temas importantes, antes de mandar un proyecto de ley se haga un borrador concordado por las dos cámaras que sirva para facilitar la tramitación. Por eso hablé con el presidente del Senado, Andrés Zaldívar, y le pedí que encabezara esa comisión mixta porque quería que ahí se debatiera una nueva Constitución. Y para que fuera más claro lo que estaba diciendo, cometí el grave error de decir: me parece es indispensable examinar el 1, el 2 y el 3... A los dos días, la UDI y RN dijeron lamentamos decirle que no estamos de acuerdo con cambiar ni el 1, ni el 2, ni el 3, por lo tanto esa Constitución nace muerta. Ahí murió. Y los próximos seis años me dediqué a ver cómo hacíamos para cambiar la Constitución, y eso se logró en el quinto año de gobierno recién.
—¿Y qué pasó ahora con la Convención? La derecha apostó por tener un tercio y no lo logra. ¿Ese fue un factor?
—Ese fue el gran error. La derecha apostó, cuando exigió los dos tercios para poder hacer la Convención Constitucional, pensando: si yo tengo el 40% de los votos en Chile, voy a sacar más de un tercio... Bueno, ocurre que no se preocuparon de la Constituyente y, en vez de sacar el 40%, sacaron el 20% y no llegaron al tercio. Y ahí quedaron sin estrategia, porque la estrategia de decir yo tengo el derecho de veto, se acabó.
—¿Qué otros factores incidieron?
—Ocurre que los que sabían lo que estaban haciendo se preocuparon de poner reglas especiales. Primero, que los independientes se pudieran juntar en una misma lista... que por definición si se es independiente no se puede juntar, pero ahora se pudo. Segundo, en el intertanto, se preguntaron qué hacían con los pueblos originarios. ¿Cuántos asientos quieren? ¿Cuántos son los pueblos originarios? Y ahí recurrieron al informe que se hizo en mi gobierno, el informe Aylwin, en que aparecen 11 pueblos originarios. ¿Pero qué pasa con la igualdad de voto? No, no importa, si es uno más no más. Entonces el resultado fue que quedaron por definición 17 personas que se van a elegir en representación de los pueblos originarios. Esas modificaciones significaron un cambio muy drástico en el sistema electoral chileno. Y hubo un grupo que por primera vez se organizó por WhatsApp. La Lista del Pueblo, ¿qué es lo que fue? Un señor que dijo, bueno, nos organizamos en un grupo de WhatsApp y el grupo entonces veía cómo elegir en un determinado distrito: ah, es que ahí hay una junta de vecinos que está peleando por el agua potable, ¡incorporémosla! ¿Usted quiere agua potable? ¡Métase acá! Fueron pequeños núcleos y la Lista del Pueblo sacó más del 20%. Después se dividieron todos, pero eso le explica la dispersión. Pero si usted se da cuenta, en el Acuerdo por la Paz que se firmó el 15 de noviembre no figuraba nada de esto.
—¿Cómo ve el papel que jugó el PC? No firmó el Acuerdo por la Paz y sin embargo fue muy influyente en la Convención.
—Ellos ya fueron fundamentales para la definición de las reglas. Ahí ya empezaron a participar los comunistas y yo creo que tenían claro lo que querían hacer.
—¿Fueron más hábiles los comunistas que la centroizquierda y que la derecha?
—Da la impresión que fueron exitosos. Porque una vez que la derecha no tuvo el tercio, se quedó sin estrategia. Y en lugar de tratar de decir a ver dónde me arrimo para tener amigos, optaron por una posición de ofendidos que no se juntaban mucho con la gente. Y ahí se produjo el gran error cuando, a partir de ese momento, los que estaban más al extremo dijeron aquí es pecado juntarse con la derecha. Y de facto establecieron: nadie con la derecha. Y los Independientes No Neutrales, por ejemplo, que sacaron una buena cantidad, se pensaba que eran independientes no neutrales, pero a partir de ese momento no podían juntarse con la derecha tampoco. ¿Por qué lo digo? Porque muchos de los convencionales socialistas venían a verme. Eran gente joven, querían una cierta orientación. Me di cuenta de que me empezaban a decir "pero perdón, Presidente, usted no entiende lo que está pasando allá adentro; decimos tal cosa y nos dicen no, pues, eso es de derecha"... Por cierto, en esos inicios nunca se dijo que había que acabar con el Senado. Eso apareció mucho después.
—Luis Cordero, el académico de la Chile, decía que todas las constituciones se hacen contra algo. Y que esta Constitución se había hecho contra los 30 años. ¿Usted lo percibió así también?
—Yo no sé si contra los 30 años, pero esto de los 30 años ya estaban signados con el signo de “liberales”... Creo que esa fue una campaña de destrucción exitosa, en donde los propios participantes en esos 30 años no tuvieron la decisión de defenderlos. A mí me sorprendía ver ministros, funcionarios de la época que sabían que las cosas no eran así. Y de ahí empecé a distribuir un documento de cómo habían funcionado los cinco gobiernos. ¿Y cuál es el gobierno que más disminuyó la desigualdad en Chile? El mío.
"Yo me comuniqué en varias ocasiones con la Convención. Cuando se eligieron los convencionales y se inauguró, me pareció útil mandarles un libro que sacamos acá en la Fundación que se llama ‘Mi Constitución’, y que es el único esfuerzo que yo conozco de una Constitución escrita por la gente. Participaron más de 300 mil personas y escribieron 590 artículos, artículos que eran traducción de lo que la gente pedía. Para trabajar en eso, configuré un consejo asesor desde la derecha a la izquierda. Incluido Atria, que estuvo un tiempo y después se fue. Nos juntábamos dos veces al mes. Y había un par de abogados que ayudaban y uno de los cuales era un profesor de Constitucional: don Jaime Bassa. Él venía especialmente de Valparaíso cuando nos reuníamos".
"Después la Convención me invitó a hacer una exposición de mis ideas sobre sistema económico y sistema político, y participé por Zoom. Y por último, bastante después, vi los debates que había sobre temas económicos. Se dijeron tales cosas sobre el período mío y en general de los 30 años, que me pareció útil mandar junto con mi jefe de gabinete, Enrique Paris, el documento que hicimos. Porque tuve una preocupación histórica. ¿Cómo es posible que quede en los anales de la historia de la Constitución que se quiere escribir todo lo que se ha dicho sobre el período mío, y yo no digo nada? Entonces mandé una carta diciendo de frentón: esto es lo que ocurrió efectivamente. Si algún señor convencional cree que no es efectivo, que me lo diga, por favor. Y escribí tal cual. Nunca nadie respondió. Solo me dieron las gracias por la carta. Esa fue mi relación con la Convención".
"Ahora, creo que lo que ocurrió fue que, así como la derecha automáticamente buscaba el tercio para tener el derecho a veto, ellos consideraron que con los dos tercios estaba hablando el pueblo de Chile. Y el tema era cómo consigo los dos tercios. Pensaban que los dos tercios automáticamente garantizaban aprobación en el plebiscito: mire qué ingenuidad".
—¿Cuál es su juicio de la Constitución vigente?
—Es una Constitución, y así lo señalé en su momento, que pasa el test democrático, pero no es una Constitución neutra, en el sentido que establece, sin decir la palabra subsidiario, el Estado subsidiario. Y pongo un ejemplo: cuando Argentina cortó el gas que venía a Chile, de no haber existido la Enap dependiente del Gobierno, no habría podido el Presidente de la época decirle: ordeno que traiga gas licuado de donde quiera sea en el mundo, pero no me voy a quedar sin gas. De no haber existido Enap, yo no habría podido dar esa orden, porque la Constitución lo prohibía, porque había empresas de gas. Entonces yo habría tenido que decirles a estas empresas: por favor, ¿por qué no traen gas de afuera porque nos vamos a quedar sin gas? Ese es un buen ejemplo. No es que yo diga que el Estado deba ser el único que debe traer gas, lo que estoy diciendo es que quiero vivir en un país donde, si el Presidente dice que el Estado debe ser la palanca fundamental que ordena, pueda hacerlo.
—¿Qué debiéramos hacer ahora frente al tema constitucional? Hay gente que le ha aconsejado a Chile tomarse un respiro, un par de años, antes de volver al tema. ¿Qué piensa usted?
—Puede ser una medida sana: no volver inmediatamente... Pero creo que el Presidente Boric ha tenido un problema muy complejo, que no lo ha tenido ningún otro Presidente. Porque una cosa es hacer una Constitución para que el gobierno que venga la mantenga y otra cosa es hacer una Constitución porque no pudimos hacer a tiempo la que queríamos hacer, porque los cálculos que hicimos eran todos para que la terminara el Presidente Piñera. Y llegó el covid-19 y nos quitó doscientos y tantos días. Esos son muchos días. Con doscientos y tantos días atrás, usted habría terminado la Constitución con el Presidente Piñera firmándola y el señor Boric con una Constitución flamante para implementar. Bueno, no fue así.
—¿Pero usted qué cree que es mejor? ¿Zanjarlo ahora?
—Yo creo que finalmente es mejor avanzar ahora. Porque si avanzamos ahora, está sobre caliente. Están ahí los cinco temas que yo le decía. Tenemos una Constitución que se acaba de rechazar pero en ella hay definiciones valiosas que hay que preservar. Si vamos a discutir en cinco años más, ya nos vamos a olvidar de eso y vamos a partir todo de cero. Pero ahora no es necesario partir de cero. En consecuencia, veamos en qué cosas ambas opciones, el Apruebo y el Rechazo, estaban de acuerdo y ahí tenemos bastante avanzado.
—¿Qué es mejor? ¿Una nueva Convención o el Congreso?
—La gente ya se acostumbró a la idea de una Convención. Mi idea es que, mientras se hace la Convención y se elige, hay un grupo de personas diciendo qué artículos de lo que está rechazado vale la pena preservar o qué artículos hay que descartar. Bueno, tendríamos avanzado bastante. A lo mejor nos va a quedar pendiente el Poder Judicial, a lo mejor nos va a quedar pendiente el sistema político, pero esos otros temas van a estar resueltos. Entonces es muy distinto elegir una Convención Constituyente y decirle: dado lo que se hizo con sus colegas anteriores, todo este paquete sirve para comenzar, y yo creo que va a tener buena aceptación. Son dos cosas que se pueden hacer simultáneamente. Y como va a tener un trabajo adelantado, incluso con artículos redactados, usted le puede decir le doy seis meses en vez de un año para culminar. Y en consecuencia usted podría en un período relativamente breve, de aquí a un año, año y medio, tener una buena Constitución.
—¿Y quiénes deberían integrar ese grupo asesor?
—Eso tiene que ser un acuerdo, una comisión ad hoc por parte de los grupos parlamentarios.
—Usted ya dijo que estaba disponible para trabajar en eso
—¡Es que quién es uno para andar diciendo estoy disponible! No. Son simplemente sugerencias que uno hace.
—¿A usted le gustan las Constituciones largas o mínimas?
—No, chicas. Según me dicen, al tener 380 artículos, sería una de las más largas del mundo. Y si usted ve la Constitución de Estados Unidos... claro, ha tenido modificaciones, pero ya tiene doscientos y tantos años.
—¿Pero por qué es mejor que sean breves?
—Porque son los grandes enunciados constitucionales, son las normas que nos dicen cómo hacemos para ponernos de acuerdo. Otra cosa es que usted insinúe ciertas orientaciones de hacia dónde quiere ir. Usted insinúe que la Constitución diga que debe haber un conjunto de políticas porque el cambio climático pone en peligro a los seres humanos en la tierra. Entonces, un enunciado de esa naturaleza y basta. Lo demás ya veremos qué política pública hacemos. Son grandes principios los que hay que establecer.
—¿Y en el tema económico...?
—En el tema económico, tiene que ser lo suficientemente flexible para que aquellos que creen que es el mercado el que resuelve todo, digan ya está, el mercado resuelve todo. Y a su vez le acepto que esa es su política pública, pero también déjeme a mí pensar que el Estado juega un rol básico, orientador, también. Esos temas son los que usted va a discutir, porque en algunos casos el Estado es fundamental, en otros no. Pero que usted me diga que tiene que haber seguridad social, debe ser una responsabilidad del Estado.
—¿Cómo ve el futuro de su sector político, de la centroizquierda?
—Siempre habrá gente que quiere más progreso, gente que está satisfecha, pero el concepto mismo de derecha e izquierda viene de la revolución industrial. Hoy estamos en un cambio epocal. No sé cuáles van a ser los sectores políticos que va estar en el mundo digital, que va a cambiar los parámetros. Es que es casi sentido común. Siempre habrá gente que va a tener una mirada más en el futuro, de a dónde quiere llegar, y otra que va a estar más en el presente, que les parece bien el orden actual. Aquellos que defienden el statu quo, aquellos que quieren que se cambie. Pero los patrones que ayer nos permitían identificar izquierda y derecha también van a cambiar. A eso me refiero.
—Se lo preguntaba a propósito de algo que usted me señaló: las personas que participaron del período de los 30 años y que después no defendieron esos 30 años. ¿Qué pasa con esos partidos?
—Eso es algo que tiene que ver con cómo funcionan los partidos políticos hoy día y cómo funcionaron en el pasado. Tengo la impresión que, producto de la revolución industrial, en las izquierdas y derechas, había mucho mayor claridad, pero también proyectos muchos más colectivos. Ahora da la impresión que hay proyectos más individuales dentro de los partidos políticos. El ser parlamentario y que usted mantenga su curul en la próxima elección pasa a ser un elemento muy determinante para muchos. Los grandes proyectos colectivos no se hacen sobre esa base. O sea, se entendía que si usted tenía que ser parlamentario, alcalde o tener cargos de representación, era un servicio que se hacía al país y a sus ideas políticas. Ahora da la impresión que para algunos el elemento personal es muy determinante.
—¿Y qué siente cuando ve gente que ocupó cargos en su gobierno, que fue muy significativa en ese período...?
—No, me da lo mismo. Cada uno saca sus conclusiones. Yo por lo menos a esas cosas no les doy importancia. Entiendo lo que es la política, entiendo el diario vivir y por tanto... Yo y su circunstancia, nada más.
—¿Tiene el cuero duro?
—No es un problema de cuero, es un problema de entender lo que son las cosas de la vida. Lo que sí le puedo decir es que duermo muy bien y con mi conciencia muy tranquila. Eso es lo que vale.