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Muerte de Habermas: Las reflexiones de intelectuales chilenos ante el pensamiento del filósofo alemán

El reciente fallecimiento del también sociólogo provocó pesar y amplio debate en círculos de la academia e investigación.

17 de Marzo de 2026 | 15:42 | Redactado por Daniela Toro, Emol.
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De izquierda a derecha: Pablo Ortúzar, Josefina Araos, Carlos Peña y Sebastián Edwards.

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El sábado 14 de marzo se conoció la muerte del filósofo alemán Jürgen Habermas, a los 96 años. De acuerdo a lo informado por su familia, su deceso se registró en Starnberg, al sur de Alemania.

Habermas tuvo una larga e importante trayectoria en el mundo de la filosofía y la política, y es considerado el intelectual alemán más influyente de su generación. Se involucró en todos los grandes debates de la posguerra y consideró a Europa como el único remedio frente al auge de los nacionalismos.

Nacido el 18 de junio de 1929 en Düsseldorf, Habermas fue incorporado a las Juventudes Hitlerianas, aunque era demasiado joven para participar activamente en la guerra.

Durante su adolescencia quedó profundamente marcado por el colapso del nazismo.

A raíz del deceso de Habermas, varios intelectuales chilenos compartieron sus reflexiones en torno a la figura y pensamiento del filósofo alemán.

En tanto, ayer, el cardenal Fernando Chomali, llamó a que partidos políticos oficialistas y de oposición organicen un seminario en torno a las ideas de Habermas. "Un seminario o reflexión sobre el diálogo racional y la comunicación según Jürgen Habermas (q.e.p.d) es muy pertinente hoy en Chile. Si lo organizan los partidos de gobierno y oposición en conjunto sería excelente. Es una necesidad si queremos menos confrontación y más encuentro", escribió.

Josefina Araos


La subdirectora del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), Josefina Araos, escribió una columna en El Mercurio, titulada "Ha partido uno de los grandes filósofos de la modernidad".

"Ha partido uno de los grandes filósofos de la modernidad, pero también uno de los últimos testigos de las catástrofes del siglo XX. Jürgen Habermas forma parte del pensamiento europeo, cuyas distintas tradiciones compartieron la inquietud por el destino de una cultura que había terminado, justo cuando creía estar en la cumbre de su historia, en el horror", señala la experta.

Agrega que "a pesar de ello, desarrolló una teoría en la forma de una defensa: sabía que la modernidad había errado en algún momento su camino, pero la ganancia que implicaba la emancipación para él era indiscutible. Sin embargo, marcado por su maestro Theodor Adorno, no renunció a formular una crítica de la modernidad que defendía, reconociendo los límites de una razón que, sin absolutos, podía sumirse en la desorientación".

"Esto se vio en una conocida conversación con Ratzinger en 2004, donde Habermas se preguntó por el sostén de los estados liberales que dependían, en sus palabras, de bases normativas que ellos no podían crear ni garantizar. Fue lúcido al advertir cómo muchas teorías posmodernas disfrazaban de denuncia la reivindicación de la barbarie, y hasta el final de su vida practicó una filosofía al servicio de una mejor comprensión (no transformación) del mundo", cerró.

Carlos Peña


Ayer, el rector de la UDP, Carlos Peña, planteó que dentro de las principales grandes contribuciones de Habermas estuvo el rescatar la "razón práctica", y preocuparse de los "desafíos éticos que planteaba el desarrollo de la tecnología", y destaca que la cultura de hoy, y la cultura política de la democracia liberal, ha sido modelada, en buena parte, por la obra del filósofo.

En una columna en El Mercurio, Peña destaca la relevancia del filósofo, abriendo la reflexión con esta pregunta: "¿De dónde deriva la importancia que posee al extremo que casi todos los diarios del mundo han dedicado páginas a su obra? ¿Por qué podría ser importante, en el mundo de hoy, atender a lo que expuso y enseñó?".

"Habermas es una de las voces que durante más de medio siglo se han opuesto a esa concepción de la vida social. Él ha abogado por la racionalidad del debate moral, por un cosmopolitismo respetuoso de la diversidad cultural, y por la idea que a la base de la democracia se encuentra el diálogo sin coacciones".

Carlos Peña, rector UDP
En esa línea, comenta que "hoy, la política se desliza peligrosamente hacia la mera fuerza o la simple voluntad. Se expande la creencia de que la pluralidad cultural es una batalla de concepciones acerca del bien; que gobernar es favorecer lo que se juzga son los mejores intereses y las propias creencias; que para hacerlo se requiere una decisión y voluntad firme; que la nación es una identidad colectiva que merece protección frente al otro, el extraño. Ello está ocurriendo en la política doméstica en muchos sitios y, sin duda, a nivel internacional".

"Habermas es una de las voces que durante más de medio siglo se han opuesto a esa concepción de la vida social. Él ha abogado por la racionalidad del debate moral, por un cosmopolitismo respetuoso de la diversidad cultural, y por la idea que a la base de la democracia se encuentra el diálogo sin coacciones", destaca Peña.

Asimismo, destaca que la obra de Habermas se vincula con la revalidación de la razón práctica que se produce en la segunda mitad del siglo XX. La razón práctica es aquella parte de la racionalidad que guía la acción o la conducta. "Es la que nos permite responder las preguntas, ¿qué debo hacer?, ¿cómo debo comportarme?, ¿qué tipo de instituciones debemos tener? La primera mitad del siglo XX estuvo muy influida por la idea de que la racionalidad práctica no existía y que a la hora de guiar la conducta en realidad expresábamos preferencias o emociones, pero no razones".

"Habermas es uno de quienes mostraron que ese tipo de preguntas —que están a la base de la democracia— pueden ser respondidas racionalmente, incluso en una sociedad plural, sobre la base de aquello que presuponíamos al comunicarnos", acota.

En otro punto, Peña destaca que Habermas "se ocupó también de los desafíos éticos que planteaba el desarrollo de la biotecnología. Y en 'El futuro de la naturaleza humana' sometió a examen la clonación y el empleo de técnicas genéticas para alterar nuestras dotaciones naturales o diseñar nuestro potencial genético".

"Y al revés de lo que se pudiera pensar, se opuso al empleo de esas técnicas, porque —dijo— buena parte de nuestras concepciones morales, como la igualdad o el respeto recíproco, derivan del hecho que el azar forma parte de lo que somos".

Peña también expone que "entre sus últimas obras destaca, sobre todo, su preocupación por discernir el lugar que la religión posee en la esfera pública y en la democracia. Es famoso su diálogo con el entonces cardenal Ratzinger donde exploran los presupuestos normativos de la democracia y la manera en que la religión ayuda a sostenerlos. El principal defecto de la democracia había dicho Böckenförde (un jurista discípulo de Schmitt) es que ella no es capaz de garantizar sus propios presupuestos. Muchos vieron en esa constatación un defecto de la democracia; pero Habermas mostró que no, que la democracia genera una cierta ética del reconocimiento y el diálogo gracias, entre otras cosas, a los vínculos con la tradición religiosa".

Con todo, el rector destaca que "la cultura de hoy, y la cultura política de la democracia liberal, ha sido modelada, en buena parte, por la obra de Jürgen Habermas, cuya vida, desgraciadamente, se acaba de apagar. Y la subsistencia de esa cultura depende de la capacidad de las élites y los intelectuales de reflexionar sobre los asuntos acerca de cuyo sentido y origen Habermas dedicó la totalidad de sus días".

Pablo Ortúzar


Pablo Ortúzar, antropólogo social e investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), envió este martes una carta a El Mercurio donde toma como pie forzado la petición del cardenal Chomali a la clase política, pero también pone de manifiesto que ese mismo desafío podría operar para la jerarquía católica.

"El poncho ofrecido por el cardenal Chomalí a la clase política también le cae encima a la jerarquía de la Iglesia Católica".

Pablo Ortúzar, investigador IES
"El cardenal Chomalí ha llamado a los partidos políticos y al gobierno a organizar un seminario sobre la obra de Jürgen Habermas, recién fallecido, relativa a las condiciones para el diálogo racional y la acción comunicativa. El fin de este seminario sería promover esos bienes en la esfera pública chilena", parte señalando.

En esa línea, el investigador opina que "el consejo no es malo, pero habría que recordar que Habermas, en su diálogo con Ratzinger, termina confrontado al hecho de que la revelación cristiana, que nos obliga a entender a todos los demás seres humanos como hijos de Dios y hermanos nuestros, es una condición de posibilidad fundamental del encuentro presencial y racional que demanda la comunicación. El posmodernismo y el relativismo extremo, así, serían enemigos no solo de la revelación y de la razón, sino del diálogo democrático".

"Siendo esto así, el poncho ofrecido por el cardenal Chomalí a la clase política también le cae encima a la jerarquía de la Iglesia Católica. Al poseer templos, colegios y universidades, ella resulta un agente cultural fundamental en nuestra sociedad. ¿Se ha promovido de manera suficiente el encuentro presencial y racional fundado firmemente en la revelación cristiana desde estos espacios? ¿Son, por ejemplo, las universidades católicas un lugar caracterizado por ese esfuerzo, o más bien se hallan progresivamente capturadas por las lógicas seculares dominantes, incluyendo el relativismo, el activismo identitario y las luchas políticas facciosas?", inquiere Ortúzar.

Con todo, reflexiona que "tal vez sería bueno que, junto con el seminario sobre Habermas, las universidades católicas organizaran uno centrado en la obra del Cardenal Newman, recientemente nombrado Doctor de la Iglesia Católica, para abordar estas preguntas con todo el rigor del caso".

Sebastián Edwards

El economista Sebastián Edwards, por su parte, también envió una carta a El Mercurio donde valora elementos del pensamiento de Habermas, pero también pone el debate la idea de que la filosofía debería aspirar a la claridad.

"El reciente fallecimiento del filósofo alemán Jürgen Habermas ha provocado pesar en amplios círculos intelectuales. Sin ir más lejos, el rector Carlos Peña publicó una sentida columna en la que celebró los aportes del pensador alemán al pensamiento crítico contemporáneo y lo describió como uno de los grandes intelectuales de los siglos XX y XXI", partió señalando.

"En un debate en Cambridge, Karl Popper y Ludwig Wittgenstein (...) compartieron al menos una convicción, que la filosofía debía aspirar a la claridad y desconfiar del lenguaje innecesariamente oscuro. Quizá no sea un mal consejo para recordar cada vez que la profundidad parece depender demasiado de la oscuridad del texto".

Sebastián Edwards

En esa línea, el economista consignó también que "en redes sociales circula por estos días una carta del filósofo de la ciencia Karl Popper, enviada en 1970 al intelectual francés Raymond Aron, en la que se refiere a Habermas y a Theodor Adorno en términos extraordinariamente duros".

"En uno de los pasajes de esa carta Popper escribe: 'Cuando leo a Adorno o a Habermas tengo la impresión de que hablan lunáticos. He traducido algunas de sus frases del alemán a un alemán sencillo, y el resultado es que se trata de trivialidades, tautologías o simple palabrería pretenciosa. No logro entender por qué se dice que Habermas tiene talento'".

Edwards subraya que "habitualmente coincido" con lo que escribe el rector Peña, no obstante, manifiesta que "en esta ocasión, sin embargo, debo admitir que me siento algo más cercano —aunque con menor severidad— al juicio de Popper".

"Es verdad, desde luego, que Habermas defendió con vigor la idea de que la democracia moderna descansa en la deliberación racional en la esfera pública y que dedicó buena parte de su obra a rehabilitar la razón práctica como fundamento de la vida política. Ese es, sin duda, un aporte relevante", comenta.

El economista destaca que "existe un episodio célebre de la filosofía del siglo XX. En un debate en Cambridge, Karl Popper y Ludwig Wittgenstein —pensadores que difícilmente coincidían en algo— compartieron al menos una convicción: que la filosofía debía aspirar a la claridad y desconfiar del lenguaje innecesariamente oscuro. Quizá no sea un mal consejo para recordar cada vez que la profundidad parece depender demasiado de la oscuridad del texto".