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Ola de violencia en colegios: El impacto de los problemas de salud mental en estudiantes y cómo enfrentarlos

La última semana ya se han detectado cinco episodios de ingreso de drogas a establecimientos, lanzamiento de molotov, apuñalamientos y hasta el homicidio de una inspectora.

31 de Marzo de 2026 | 20:00 | Por Sofía Campos, Emol.
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El reciente ataque escolar registrado en un colegio en Calama que terminó con la muerte de una inspectora a manos de un joven de 18 años volvió a encender las alertas sobre un fenómeno que expertos advierten hace años: el progresivo deterioro de la salud mental en las comunidades educativas del país.

Al caso en Antofagasta se suman varios que se han registrado los últimos días: un estudiante de 1° medio fue sorprendido con un arma de fuego en un recinto en Curicó, otro alumno ingresó dos armas y paquetes con droga en un liceo en Angol, un joven apuñaló a su compañero en una manifestación en Ñuñoa y encapuchados en el Liceo Lastarria prendieron fuego a un basurero y lanzaron una molotov a una oficina directiva.

Expertos advierten que la ansiedad, aislamiento, conflictos entre compañeros y una creciente dificultad para gestionar emociones forman parte del día a día en muchos establecimientos, provocando un escenario en que se ha visto una escalada de violencia en los últimos años.

Consultados por Emol, especialistas advierten situaciones de riesgo ante el deterioro de la salud mental en estudiantes en el periodo post pandemia.

Según el estudio Análisis de la situación de la niñez y adolescencia en Chile 2025 (SITAN) realizado por la Unicef, entre 2018 y 2023 hubo un aumento proporcional de las consultas de salud mental de niñas, niños y adolescentes, pasando de 15% a 18%. De acuerdo al informe, "la variación en el total de consultas de salud mental en el periodo aumentó en 88% para niños, niñas y adolescentes, pero solo en un 34% para las personas de 20 años o más".

A ello se suma que según cifras de la 10° Encuesta de Juventudes del INJUV de 2022, 13,3% de las y los adolescentes entre 15 y 19 años declaró recibir tratamiento de salud mental, "lo que implica un aumento respecto del 5,5% que dijo haberlo recibido en 2018".

Expertos alertan escenario


El director del Colegio Alberto Blest Gana de San Ramón, Ricardo Román, señaló en una carta enviada a El Mercurio que "ante la violencia en los colegios, habría que considerar que la escuela es espejo de la sociedad, que lo que le ocurre es un síntoma. Las soluciones a la escuela no se pueden aislar de las familias debilitadas, con padres ausentes, estresados, consumistas, de niños abandonados, de élites mostrando sus miserias, de políticos haciendo payasadas, burocracias acomodadas en gobiernos y universidades".

"Violencia, desidia e incoherencia adulta generalizada. Con ese panorama, qué se esperaba", cuestionó Román.

Añadió que "nosotros aunque no descartamos protocolos, sanciones y protección policial, apostamos por el ejemplo, el afecto y ser el lugar más divertido y lleno de sentido para los alumnos, con sus derechos y deberes, pero buscando parecernos todo lo posible al futuro que soñamos para ellos, un micromundo de valores, cariños y vínculos. En ese contexto se puede aprender y convivir en armonía".

En esa misma línea, la directora de Pedagogía en Educación Diferencial de la Universidad Alberto Hurtado, Genevy Moreno, señaló que "un testimonio recogido tras el ataque de un estudiante de 18 años a su inspectora y compañeros en una escuela de Calama resulta particularmente elocuente: 'Se fijan más en los aros o piercings, pero no en situaciones más graves'".

"Esta frase sintetiza con crudeza una tensión persistente en nuestras escuelas: la tendencia a controlar lo invisible, lo normativo, lo estético", señaló.

Agregó que "en esa lógica, el problema no es solo la violencia extrema, sino también las violencias cotidianas que no nombramos: la indiferencia, la desafección, la falta de escucha, la burocratización del cuidado; entonces el sufrimiento, el aislamiento y la desesperanza permanecen fuera de foco".

A través del mismo medio se refirió el defensor de la Niñez, Anuar Quesille, quien señaló que "la brecha de crecimiento económico y condiciones de vida de niños, niñas y adolescentes en Antofagasta evidencia un desafío estructural que va más allá de la seguridad (...) El deterioro también alcanza la convivencia escolar. Tras la pandemia, no solo afectaron los aprendizajes, sino también el bienestar y las relaciones en las comunidades educativas".

"Las denuncias por convivencia escolar aumentaron un 25% entre 2024 y 2025, principalmente por maltrato entre estudiantes. Según el Simce 2023, la mitad de los estudiantes de segundo medio declara haber vivido situaciones de violencia, y dos de cada diez no se sienten seguros en sus establecimientos", detalló.

Finalmente, mencionó que "el desafío es que, una vez que disminuya la conmoción, la discusión no vuelva a reducirse a medidas de seguridad. Lo que está en juego es avanzar hacia un enfoque de protección integral, que incorpore la participación efectiva de niños, niñas y adolescentes y asuma que la violencia no se resuelve únicamente con más control".

¿Cómo enfrentar estos hechos?


Para los especialistas, existen señales tempranas en la vida cotidiana escolar permiten anticipar un deterioro en la salud mental de los estudiantes antes de que escale a situaciones de violencia.

María José González, psicóloga y Coordinadora Técnica Psicosocial de la Teletón, señaló en conversación con Radio Universo que "desde el punto de vista de salud mental a nivel nacional, hay un déficit de especialistas y hay un déficit no solamente de especialistas, sino de formación también en aquellos casos que pueden ser más graves en aquellas psicopatologías que pueden ser más graves también".

La especialista explicó que "si en primera infancia nosotros no detectamos y no intervenimos, estamos con un niño o con una niña en riesgo desde el punto de vista de su funcionamiento emocional, porque uno también tiene que entender que hay síntomas. Nosotros acá estamos mirando la impulsividad. Estamos mirando cierto aspecto ya visible, pero no estamos mirando aspectos del funcionamiento de personalidad, no estamos mirando aspectos estructurales".

Añadió que "es importante señalar que cuando las figuras significativas de alguna manera han tenido historias también de mayor vulnerabilidad, también el mundo no se hace tan confiable y los otros no se hacen tan confiables en la vida. Y así en adelante tenemos ciertas conformaciones desde el ámbito de trastornos antisociales, disociales, psicopatías desde el punto de vista de la psicopatología propiamente tal".

El psicólogo y director del Magíster de Educación Emocional y Convivencia Escolar Unab, Jonathan Martínez, manifestó que "las señales tempranas suelen aparecer mucho antes de un episodio crítico y, en general, se expresan como cambios sostenidos en el funcionamiento cotidiano del estudiante: aislamiento repentino, irritabilidad persistente, baja tolerancia a la frustración, aumento de conflictos con pares o adultos, ausentismo, caída en el rendimiento, desregulación emocional frecuente, apatía, alteraciones del sueño que impactan la jornada escolar, verbalizaciones de desesperanza o desvalorización, y una mayor exposición o reacción a situaciones de acoso".

A su juicio, "lo más importante es entender que no se trata de un 'mal comportamiento' aislado, sino de indicadores de malestar psíquico que requieren observación, escucha y respuesta oportuna, dado que muchas veces tanto niños como adolescentes no pueden colocar en palabras lo que les está pasando".

El académico enfatizó que "primero debemos entender que este es un tema multifactorial, pero cuando un conflicto cotidiano escala a alta violencia, generalmente no responde a un solo hecho puntual, sino a la acumulación de múltiples factores de riesgo: dificultades en la regulación emocional, exposición previa a violencia en el hogar o en el entorno, experiencias de humillación o acoso sostenido, consumo de sustancias, falta de adultos significativos que intervengan tempranamente, y contextos escolares donde los conflictos se normalizan o no se contienen a tiempo".

"A eso se suma una etapa del desarrollo —la adolescencia— marcada por impulsividad relativa, alta sensibilidad a la exclusión y fuerte necesidad de pertenencia. Si un estudiante se siente crónicamente amenazado, invisibilizado o sin recursos para pedir ayuda, un conflicto menor puede ser vivido como una agresión intolerable y desencadenar respuestas desproporcionadas. Por eso, detrás de la violencia grave casi siempre hay trayectorias previas de sufrimiento, desconexión y falta de contención", explicó Martínez.

Al respecto Rodrigo Rojas, psicólogo especialista en convivencia escolar y académico de la Escuela de Psicología Usach, complementó con que "en los casos de violencia dirigida además adquieren especial importancia las amenazas, la comunicación previa de interacciones a terceros y la fascinación persistente con la violencia porque en muchos ataques escolares hubo conductas observables ante el evento. Lo central acá es no esperar únicamente una señal grave. La detección temprana funciona cuando la escuela observa trayectorias de cambio, registra acumulación de señales y activa apoyos antes de que el deterioro se convierta en crisis".

Añadió que investigaciones del campo "muestran que variables como el bullying, la victimización y el clima escolar deteriorado se asocian a mayores niveles de riesgos socioemocionales y conductuales. Esto quiere decir que los conflictos cotidianos escalan cuando no existen adultos, normas o dispositivos capaces de contener, mediar y o reparar a tiempo".

Medidas a tomar


Respecto de cómo pueden contener los establecimientos a estudiantes y comunidades ante un hecho de violencia, Martínez expresó que "en Chile, la preparación de los establecimientos es muy desigual: existen colegios con equipos de convivencia, duplas psicosociales, protocolos y redes territoriales activas, pero también muchos otros que enfrentan estos eventos con recursos muy limitados, alta sobrecarga y escasa formación especializada en trauma, crisis y salud mental infantojuvenil".

"En términos generales, el sistema ha avanzado en reconocer la importancia del bienestar socioemocional, pero todavía persisten brechas importantes en capacitación, dotación profesional, articulación con salud y capacidad de seguimiento posterior al evento traumático", aseguró el académico.

En ese sentido, aclaró que "contener emocionalmente a una comunidad escolar no es solo reaccionar el primer día, sino sostener un proceso de acompañamiento, pesquisa de estudiantes más vulnerables, apoyo a docentes y familias, y reconstrucción del sentido de seguridad. Ahí es donde muchos establecimientos aún requieren mayor apoyo estructural y no solo buena voluntad".

En cuanto a las medidas que pueden tomar cercanos al alumno afectado, señaló que "la evidencia muestra que las medidas más efectivas son aquellas que actúan de forma preventiva, sostenida y coordinada entre escuela, familia y Estado (...) En salud mental infantojuvenil, lo que más protege no es una medida aislada, sino una red de cuidado que interviene antes de que el malestar se transforme en crisis".

Por su parte, Rojas coincidió en que "la brecha en Chile no es normativa, sino de capacidad instalada en las comunidades educativas para la implementación efectiva de estas herramientas. Yo no creo que la solución sea crear nuevas normativas, nuevos protocolos, nuevas guías, nuevas orientaciones, la verdad es que eso no nos está sirviendo porque la distancia o el tiempo que pasa entre que se publican o se diseñan y que bajan a las escuelas es mucho".

"Tenemos que combinar intervenciones universales con intervenciones focalizadas, intervenciones selectivas y articuladas a un sistema sólido de educación, salud y protección social. Esa solidez es la que actualmente en el país no está porque muchas acciones son aisladas, fragmentadas, lo que genera finalmente una sobreintervención de algunos y una subintervención de otros que, dado que sus señales de alerta no son las más visibles por la comunidad educativa, van generando una especie de caldo cultivo que genera en crisis como esta", expresó.

Agregó que "las medidas centradas en control físico, como actores de metales, tienen evidencia limitada y no sustituyen la prevención (...) estos pórticos podrían ser como complementarios, pero nunca van a reemplazar la detección temprana, la promoción, la protección, la intervención especializada, la evaluación del riesgo y, por supuesto, la capacidad de toda la comunidad educativa de sostener el apoyo antes de que el malestar escale a situaciones de alta violencia".
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