“Fue triste entregar 70 años de historia”

Su paso por los Almacenes Guendelman.

16 de Noviembre de 2004 | 10:21 |
El abuelo de Rodrigo Guendelman, Enrique, fundó la sastrería que llevó ese nombre a mediados del siglo pasado y que luego, se convirtió en las famosas tiendas. Al morir sorpresivamente, obligó al padre de Rodrigo, ingeniero estructural antisísmico, a suspender su post grado en Berkley y regresar a Chile a hacerse cargo de la empresa.

El futuro de este periodista tenía escrito que debía seguir los pasos de sus antepasados, pero él se rebeló y entró a estudiar periodismo. Aún así no pudo desprenderse de su sino y, a los 22 años, su padre también murió sorpresivamente; entonces debió asumir la gerencia comercial de Guendelman y titularse simultáneamente.

“Para mí papá fue difícil que estudiara periodismo, pero un tío mío, polémico pero choro, Sergio Melnick, le dijo que el periodismo era la carrera del futuro”.

Este capítulo de su vida lo resume así: “Guendelman era como un globo pesado, aunque le tenía mucho cariño porque era de mi familia, y ese globo se pinchó cuando la empresa quebró y me liberé de esa responsabilidad”.

-Los periodistas no manejan mucho los números.
“Hice un MBA, me saqué la cresta tres años, me costó muchísimo... todo para poder ejercer como gerente comercial”.

-Si el mercado no hubiese resuelto la suerte de la empresa, ¿te habrías jubilado al frente de ella?
“No sé, ojalá que no porque hoy me siento tanto más feliz y más realizado que cuando trabajaba en ella. Me habría mantenido en una dualidad. Creo que mi padre se murió joven porque no pudo hacer lo que le gustaba y yo tuve la suerte de poder seguir dedicándome a lo que me gusta y por eso, creo que voy a vivir más”.

-¿Fue castrador hacerte cargo del apellido?
“Tiene sus pro y contra. Guendelman es un apellido que significa mucho para los mayores de 40 y hasta para los carabineros ya que nosotros le hacíamos los uniformes”.

Estando en la gerencia, a comienzos de 2000 asumió como dirigente de los comerciantes del barrio San Diego que intentaron reflotar el alicaído sector con promociones estilo Patronato. Se juntaban desde el librero al gerente de Ripley en una parrillada y tiraban líneas sobre el plan de acción.

Anécdotas en el mundo de los negocios acumuló muchas. Aprendió a sentarse de igual a igual con los acreedores, que finalmente, se quedaron con todo: el nombre, la marca. Y lo mismo pasó con muchas tiendas medianas del sector como Michaely, Equs y La Polar (hoy en manos de otros dueños).
“Desapareció la industria entera, éste es mi único consuelo. Yo era tercera generación y en el MBA te enseñan que ésta es la más peligrosa”.

-El abuelo la funda, el hijo la expande y el nieto se la farrea...
“Claro. Me daba mucha lata estar aprendiendo eso y a la vez, viviéndolo. Me di cuenta que podría haber sido superdotado, trabajar 20 horas diarias y no habría logrado salvarla. Fue triste entregar 70 años de historia”.

-¿Y las cosas divertidas? ¿El mundo de las promotoras?
“Nunca me metí con una mujer que trabajara en Guendelman; tenía súper claro que dónde se come no se caga y ¡menos mal! Una única vez que cometí un error amateur; en una fiesta de la empresa bailé y conversé con una promotora que estudiaba periodismo. De boludo e ingenuo, la fui a dejar, no pasó nada, ni siquiera un beso, pero a los 6 meses supe que el rumor era que la había embarazado y se había echo un aborto. Una empresa es un pueblo chico y un infierno gigante”.

Hoy se ríe del hecho que seleccionó promotoras. Con tono de conquista cuenta que las entrevistó y miró harto. “Por ahí anoté hasta los teléfonos, pero nunca las llamé. Tuve la intención de usarlos, pero me dio como pudor”, dice entre risas.

“Me sirvió –sigue- para lo que hago hoy que es entrevistar modelos. Soy un tipo sensualizado, pero jamás se me pasaría por la mente coquetearle a una; cacho que si no me voy a quedar sin mi pega y tengo instinto de sobrevivencia”.

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