Isabel Behncke: La chilena que estudia a los chimpancés para saber más de los humanos

Esta joven científica ha vivido casi un año en la selva del Congo para desentrañar cómo el juego de los bonobos permite generar estrategias de adaptabilidades que las personas también utilizan. Una historia apasionante, pero de mucho sacrificio.

22 de Marzo de 2012 | 10:54 | Por María José Errázuriz, Emol
Es conocida como la chilena que espía a los primates, lo que parece exuberante, pero la verdad es que su trabajo implica mucho sacrificio. "Cada vez que hago una charla les digo que he tenido que caminar más de tres mil kilómetros por la selva del Congo antes de poder narrar lo que he visto", precisa.

Isabel Behncke tiene demasiadas historias que contar sobre sus tres viajes a ese país africano para estudiar el comportamiento de los bonobos, una suerte de chimpancés con los cuales tenemos "una abuela en común", según aclara.

A los 35 años, terminando su doctorado en antropología evolutiva en Oxford, Isabel reconoce que si hubiera existido en los años en que era pequeña, claramente habría sido niña Ritalín. Por ello, no es de extrañar que después de probar diversas ocupaciones, haya terminado en Londres estudiando zoología para seguir con un master en conservación y otro en evolución humana en Cambridge.

"Me costó muchísimo decidir qué quería hacer. Entré a la Católica a estudiar biología, pero no sabía si quería filosofía, psicología o literatura", cuenta mientras repasa su viaje a la India o sus dos años trabajando en la reserva Huilo Huilo antes de retornar, el 2005, a Inglaterra para empezar el doctorado que la ha hecho famosa.

-¿En tus planes te imaginabas abrazada a los chimpancés?
(Se ríe) "No, eso no estaba ni en mis planes... ni en el Congo, menos. Siempre me interesó mucho la historia así que me había leído los libros de los exploradores africanos, como (Henry) Stanley o el doctor (David) Livingstone, pero no estaba en el horizonte hacer lo mismo. Las cosas se fueron dando".

En sus viajes ha completado un año viviendo en la selva acompañada o de uno de sus hermanos o de científicos japoneses y, aunque no tiene claro si este año debe volver porque en este momento está concentrada escribiendo la tesis, es algo que no descarta. Puede ser que finalmente lo haga el 2013 porque está comprometida con la realización de unos documentales.

-¿Cómo han sido esas experiencias de vivir por tantos meses en el Congo?
"Increíble. Te dan una visión que es muy difícil de tener en una vida normal; por un lado, tienes el impacto de la historia del Congo, que es terrible, una tragedia tras tragedia lo que tiene a ese país convertido en el más pobre del mundo. Por otro lado, está la experiencia de vivir en la selva profunda, donde la gente vive como hace cientos de años.
"Hay un periodista que escribió que no existen los turistas en el Congo, que los únicos extranjeros que se ven son los que están en el extremo de la sociedad: los misioneros, los mercenarios y los científicos, lo que es absolutamente cierto. (Sigue entre risas) Si te sientas en el aeropuerto en la capital, Kinshasa, pasan unos personajes, ¿cómo nadie normal va al Congo?".

-¿Ha sido difícil sacar adelante este proyecto si eres la única mujer y una de las pocas occidentales involucradas?
“Los japoneses son muy machistas y patriarcales. La verdad es que para sacar mi doctorado no era necesario hacer este estudio, incluso lo pensé, hacer algo con el comportamiento humano en una empresa, pero después concluí que las personas iban a estar siempre ahí y los bonobos del Congo probablemente no, así que partí".

-¿Nadie puso el grito en el cielo cuando anunciaste tus planes?
"Sí, mi familia, pero mi profesor de tesis también. Él pensó que estaba loca, que no me iba a resultar y que iba a volver con la cola entre las piernas, pero no tenía nada que perder. De hecho, al despedirme me dijo: 'por favor, trata de no morirte porque va a ser bastante complicado, voy a tener que llenar toda una serie de papeles por la muerte de un estudiante de Oxford'.
"Mi marido también estaba aterrado, pero al final, me ayudó harto porque él había sido médico militar. Me decía: 'tú no te das cuenta, hay una posibilidad de tres que vuelvas en una bolsa plástica'".

-Después de toda esta convivencia, ¿qué has aprendido de los bonobos que sea importante para nosotros?
"De los bonobos se conoce muy poco. Son muy parecidos al ser humano en muchas cosas, pero en otras muy distintos. Nosotros, como ellos, somos una especie hipersocial, vivimos en comunidad y formamos relaciones de apego de largo plazo, somos longevos y ocupamos el juego como una manera de aprender, testear límites. Ahora ellos juegan a lo largo de la vida lo que no es común en los animales; es cosa de ver a las vacas, pero los bonobos lo siguen haciendo y por eso, son más inteligentes y tienen sociedades altamente complejas.
"También nos parecemos en que comparten comida y las hembras forman una suerte de matriarcado y su sociedad es muy pacífica, muy tolerante. A diferencia de los chimpancés, que son violentos y xenófobos, es decir, se matan cuando se enfrentan dos grupos".

-¿Qué de lo que has visto de los bonobos te sorprende al mirar a la raza humana?
"¿Qué me sorprende de los humanos o de los bonobos? (se ríe). Somos capaces de ser altruistas y cooperadores a escalas mucho mayores que ellos".

-¿Qué mantenemos de los bonobos? ¿Nos quedan cosas primitivas?
"Mantenemos los cerebros grandes y la capacidad de ponerse en el lugar del otro, aunque nosotros lo tenemos más desarrollado. También la risa, que es un comportamiento bien antiguo, y por sobre todo, el apego, ese lazo madre y cría.
"Tenemos herencia de lógica que se modifica con la cultura. Nosotros no descendemos de los bonobos, pero compartimos un abuelo común hace unos 6 millones de años, o sea, unas 500 mil generaciones. Son nuestros primos".

Isabel asegura que pese a todo lo que se les ha estudiado se sabe muy poco de los bonobos. Menciona que todavía no se descubre por qué son tan distintos a los chimpancés, por qué son tan tolerantes o matriarcales o por qué tienen sociedades jerarquizadas.

-¿Tienen como sólo las virtudes de los seres humanos?
"Sí, pero no hay que idealizarlos. No son una utopía; todas las sociedades tienen conflictos, pero han desarrollado maneras de solucionar los conflictos, sobre todo a través de las hembras, que sin ser necesariamente pacíficas, mantienen la paz".

-Esto parece más bien exótico. Es difícil comprender el alcance de esta investigación.
"Sí, es cómo cuando se estudia la genealogía de una familia. Cuando uno estudia a los abuelos o bisabuelos y mucho más atrás nos muestran cómo ha sido la formación de nuestros cuerpos, de nuestros cerebros, entendemos por qué hacemos ciertas cosas y queda claro qué son herencias profundas biológicas y qué otras tienen que ver con la cultura. Así se puede advertir que de aquí a 5 mil años más vamos a seguir formando lazos de amistad, adorando a nuestros hijos, viviendo en grupo o teniendo problemas amorosos.
"La tecnología podrá cambiar muchas cosas, pero tenemos herencias que no cambian".

-¿Cuál es el objetivo final de tu investigación?
"Mi tema es sobre el juego y la adaptabilidad porque me interesa saber cómo vamos a aprender a vivir juntos sin matarnos, cómo vamos a vivir bien no sobrevivir. El juego tiene implícitos temas como la alegría, el goce, la curiosidad, tolerar la incertidumbre. El juego provoca incertidumbre pero es distinta a otras situaciones que sí generan estrés y que derivan en una clausura cognitiva. Todo tiene que ver con cómo nos adaptamos al mundo que está siempre cambiando porque nos movemos en mundos sociales. Se trata de saber cómo te mantienes adaptable".

-¿Y los bonobos qué dicen?
"Ellos enseñan que a través del juego, especialmente de adultos, mantienen esa capacidad conductual de ser altamente adaptables que quiere decir poder cambiar las estrategias conductuales de acuerdo al contexto. Nosotros también jugamos como adultos; la risa, el baile, la música, el humor son derivados de juegos de adulto que generan cohesión en las comunidades y desarrollan esa capacidad de adaptabilidad".

-Vamos al terreno personal. ¿Todo esto ha tenido costos para ti?
"Sí, muchísimos, porque mi familia está aquí, mis amigos...".

-Pero se te ve feliz.
"Es que ha sido una gran oportunidad, pero me he tenido que desvincular de Chile. Pasarse un año en el Congo tiene su costo por la cantidad de fiestas a las que no fuiste, los lazos que no formaste".

-¿Hay una imagen idealizada de lo que estás haciendo?
"Sí, porque esto es muy duro. Estar allá es muy fuerte".

-¿Y qué vas a hacer cuando todo esto termine?
"Creo que voy a escribir un libro basado en los diarios de la jungla que he escrito".
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