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"El arte de servir": ¿Cualquier cosa, a cualquier hora?

Mitad Merlín y mitad Houdini, los concierges de los hoteles más destacados del mundo trabajan a diario para hacer posibles las solicitudes más imposibles. Revista Viernes conoció a Les Clefs d’Or chilenos.

08 de Enero de 2016 | 16:05 | Por Daniela Pérez, Revista Viernes
REVISTA VIERNES DE LA SEGUNDA

Agrupados bajo la asociación internacional Les Clefs d’Or, son una gran red de contactos en todo el planeta. Cómo reconocerlos: sólo hay que buscar en la solapa de su chaqueta el símbolo de dos llaves doradas.

Tal como Wes Anderson lo muestra en su cinta "El gran hotel Budapest", históricamente los concierges tenían por misión atender a los huéspedes y hacerse cargo de sus llaves. En la película, el personaje interpretado por Ralph Fiennes resume en sí mismo hasta el más mínimo detalle de la figura de un concierge: vestido con un traje diferenciador y un símbolo de llaves doradas sobre la solapa de la chaqueta, espera a los pasajeros tras un mesón donde la clásica campana de hotel descansa a la espera de alguna solicitud y, como escenografía de fondo, a su espalda se despliegan cientos de casilleros con el número de cada habitación.

Yendo más allá, el personaje de Zero, el lobby boy interpretado por Tony Revolori, encarna los orígenes de muchos de estos profesionales, que comienzan su carrera como botones para ir, poco a poco, ascendiendo hasta convertirse en el sofisticado, silencioso y perfeccionista concierge. Un personaje de antología. Anderson, siempre atento a los detalles, lo glorifica e incluso le rinde homenaje al trabajo de una ficticia agrupación internacional, “La sociedad de las llaves cruzadas”: una red de concierges a lo largo del mundo, cuyos miembros son capaces de dejar todo lo que están haciendo por ayudar a un cliente en apuros. Como la ficción siempre tiene su ancla en la realidad, ese selecto club existe. Se llama Les Clefs d’or o La Sociedad de las llaves de oro. Y a ella pertenecen siete chilenos.

El trabajo de concierge existe hace cientos de años; es más, el término proviene de “comte des cierges” (guardián de los candiles) y se remonta a la Francia medieval, en la que se denominaba así a quienes se encargaban de complacer los deseos de las visitas reales a los palacios. Durante la Edad Media, la profesión se extendió a Europa y fue entonces cuando estos personajes se volvieron guardianes de las llaves en castillos y edificios de gobierno. Luego, el rey Luis XI creó la figura del portier, pero con la caída de la monarquía, sus responsabilidades y su nombre mutaron, pasando a llamarse concierge en la época en que aparecieron los primeros hoteles de negocios, a fines del siglo XIX.

La asociación Les Clefs d’or como tal no surgió sino hasta 1929 cuando once concierges de los más importantes hoteles de París se reunieron con el objetivo de intercambiar ideas y experiencias. “El fundador fue Ferdinand Gillet, del hotel Scribe, en París. Él tuvo la visión, dijo: ‘Necesito ayuda, ¿de quién puedo recibir la mejor? De un par, de alguien que haga el mismo trabajo que yo’”, cuenta Andrés Vergara, concierge del hotel W de Santiago desde el 2009.

Andrés, más que un concierge, es un verdadero mago. Puede hacer lo imposible para atender las necesidades de sus huéspedes. Como concierge le ha tocado de todo: desde coser botones y llevar ropa a la tintorería para su entrega en pocas horas, hasta preparar peticiones de matrimonio en recónditos lugares de la montaña y paseos en helicóptero. Las pop stars también lo han hecho transpirar, según cuenta: “El 2010 tuvimos que cerrar el restaurante Happenning para Beyoncé. Quería ir con todo su staff, unas 15 a 20 personas. La solicitud se la hicieron a la persona a cargo de la artista en el hotel, pero finalmente me llegó a mí. Hice unas llamadas, contactos que ya tenía y logré tenerlo dentro del mismo día, pese a que estaba reservado casi en su totalidad. También me pasó que hace un tiempo, un turista argentino llegó a Chile para reencontrarse con dos amigos con los que había trabajado hace 30 años. Pero no tenía ninguna otro dato que los nombres, referencias de dónde habían trabajado, nada más. Ubicarlos no era tarea fácil”, explica. Fiel al lema de su hotel, “lo que quieras, cuando quieras”, cual detective privado, Andrés buscó a los dos personajes hasta que los encontró. “El señor me agradecía entre lágrimas”, recuerda.

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