Álvaro Bisama mira al Chile de los 80 de la mano del Vidente de Peña Blanca

El escritor partió por el viaje a su propia infancia en Villa Alemana para dar vida a "Ruido", un relato que desde la figura de Miguel Ángel Poblete se adentra en la marginalidad y el provincianismo locales.

06 de Octubre de 2012 | 13:40 | Por Sebastián Cerda, Emol

SANTIAGO.- Antecedentes sobre iluminados y literatura, en Chile hay. Domingo Zárate Vega encarne tal vez al principal: Primero con los "Sermones y prédicas del Cristo de Elqui", recogidos por Nicanor Parra; luego, con "El arte de la resurrección", la obra que a Hernán Rivera Letelier le valió el Premio Alfaguara 2010.

Pero lejos de la mirada criollista y curiosa en torno a la ya lejana leyenda de Zárate, otro iluminado local revive en estos días en un nuevo libro. Se trata de Miguel Ángel Poblete, el Vidente de Villa Alemana, que en los años 80 tuvo a medio Chile pendiente de las supuestas revelaciones que la Virgen le hacía en lo alto de un cerro.

El escritor Álvaro Bisama recogió su historia para anclar el relato de "Ruido" (Alfaguara, $11.990), su más reciente novela, y en la que no sólo se adentra en el devenir de un joven que aseguraba tener vía directa con el Más Allá, sino también en una cara del Chile de los 80, en la cultura de provincia y en una marginalidad que aún mantiene algunos de sus códigos.

Porque "Ruido" no parte de un adolescente hablando con la Virgen en el cerro El Membrillar, sino en los antecedentes previos de Miguel Ángel: Un joven que itineró por hogares de menores, que vivió en las calles y que aspiró pegamento.

"Yo había trabajado la historia varias veces desde el punto de vista de la crónica periodística. Pero ahí sentía que había algo que no estaba resuelto desde mi perspectiva del relato. Por eso terminé armando una novela", cuenta Bisama.

Y si ése es el punto de partida formal, hay otro que está más atrás en su propia biografía: El escritor pasó parte de su infancia en Villa Alemana, y fue testigo directo del fenómeno del Vidente de Peña Blanca. "El pueblo se llenaba de gente, y te terminabas acostumbrando al paisaje en movimiento, al delirio y a la maravilla como si fueran pedazos de lo real. No tenía demasiado juicio crítico, salvo el de una familia que no creía en los milagros. Tenía una lectura más narrativa que religiosa del asunto", recuerda.

Pero "Ruido", cree el autor, termina yendo mucho más allá. "El gran relato es el relato del Chile de los 80 y los 90. Hasta el presente incluso. Es el relato de los pueblos que están aislados, pero terminan siendo parte de un cono urbano. Pasó en Villa Alemana, pero podría haber pasado en La Florida o Catemu. No hay muchas diferencias entre los suburbios de Santiago y la provincia chilena. Todo Chile es una provincia, la condición capitalina es más bien una pretensión, pero no está".

Porque, a juicio de Bisama, "esto sigue pasando, pero no lo vemos", aunque cambie la forma. "Piensa en el decapitador de Lolol", ejemplifica yendo a otro extremo del cuadro. "Él era un anticuario: Cómo recogía los muebles, cuál era el criterio que determinaba que algo pudiera ser usado y vendido como antigüedad. Esa mirada va más allá del crimen, se yuxtapone, y al medio se produce un misterio, un abismo".

La historia en la novela es narrada en breves (a veces brevísimas) unidades, que actúan como catalizadores para distintas perspectivas: "Hay un narrador que es una primera persona plural, que funciona como un mecanismo para hacer hablar a los fantasmas, para tener voces diversas. Y además es un libro en que el relato está trabajado desde el borde. Trabajo con hilachas, fragmentos, pedazos, y en la medida que se encuentran y se desencuentran se arma una novela. Es un mecanismo que tiene que ver con desautorizar una voz única, al narrador que puede saberlo todo. El fragmento ayuda a esa clase de bruma".

El libro se extiende hasta los últimos años de Miguel Ángel, quien apenas pasados los 40 falleció alcohólico, convertido en mujer y rebautizado como Karole Romanoff. Su partida dejó diversas interrogantes, que involucraban incluso a la CNI, pero Bisama prefiere que así se quede en la novela. "Fui cediendo ante la posibilidad de resolver el caso. El asombro era más representativo de lo que había sucedido, que se mueve en esto de no saber, en que todo puede ser, que todo es ambiguo".

Y aunque ya hay más de un título dedicado a los iluminados, aún hay espacio para que más historias sobre los mismos personajes puedan aparecer en estanterías, cree Bisama: "Estos personajes también son contadores de historias, símbolos que pueden reflejar algo, un cuadro del país, de la historia. Son relatos que tienen un valor narrativo: Aluden a sí mismos, pero también a la comunidad. Son espejos de algo que no me queda claro, y estos libros ayudan a resolver qué simbolizan o qué pueden ser".

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