Velas y pintura para mitigar la muerte en la José María Caro

La población de Lo Espejo vive momentos trágicos tras la muerte de Giovanni Santander, de 14 años, víctima de un balazo de traficantes de droga. Ni rezos ni ruegos a autoridades sirven para solucionar un hecho que, dicen los vecinos, no es ni el primero ni será el último en ocurrir.

21 de Julio de 2004 | 11:16 | Felipe Gálvez T, El Mercurio en Internet
SANTIAGO.- Diez velas amarillas que forman una cruz sobre la mancha de sangre en el pavimento del Pasaje 6 Sur; una "G" gigante pintada en azul en la muralla donde aún pueden verse las marcas de los disparos; llantos afligidos en la casa n° 3985; muchos vecinos en la calle con rostros marcados por la desolación.

Mi presencia en la José María Caro está marcada por un temor interior imposible de obviar al saber que aquí, en esta esquina con la avenida Maipú, hace menos de 24 horas, fue baleado Giovanni Santander, de 14 años. Este frío día martes (ayer) complementa el cuadro donde la pintura es una mezcla de color oscuro con lágrimas y las pinceladas de odio y rencor las dan sus amigos en la muralla.

Son las vacaciones de invierno, pienso, pero no se ven niños en las calles de alrededor. ¿Quién se atrevería a salir si el miedo constante de quienes viven aquí creció con fuerza tras lo sucedido el domingo en la noche?

Nunca se quedaban hasta tarde los domingo. El grupo de amigos que integraba Giovanni, todos entre 14 y 19 años, solía reunirse los fines de semana en la esquina del pasaje. Se sentaban en las cunetas y conversaban y bromeaban, según me cuentan. Nunca hasta más allá de las 11, hasta mucho más temprano si era domingo.

Pero ese 18 de julio podían salir igual. El lunes siguiente no había clases, estaban todos de vacaciones. "Eran como las 10, primero apareció un grupo de desconocidos (entre los que estaría William Ulloa, uno de los supuestos blancos del ataque) que nos metieron conversa. En eso apareció un auto por Maipú. Nos dispararon a todos y todos corrimos. Él reaccionó tarde".

El relato de Dany, que había llegado de Valparaíso a pasar el descanso invernal, revive los últimos momentos de vida de su primo Giovanni. Fueron diez o doce disparos, hacia muchos lados, que hirieron a Ulloa en la pierna y a Cinthya Galaz en la mano (menor de 12 años que ni siquiera estaba cerca del grupo de amigos). A Giovanni, el disparo le entró por la cabeza. Nada pudo hacer.

"Dios no me escuchó"

El tren que cruza Lo Espejo desvía un momento mi atención. Todo el movimiento de la comuna parece concentrarse en este pasaje donde una sucia calle simula una libertad que en realidad no existe ante tanta casa cubierta de rejas con afiladas puntas.

Avanzan los minutos y los vecinos salen a barrer y los niños aprovechan de abandonar esas pequeñas fortalezas, construidas ante la inseguridad cada vez más avasalladora. Pero hoy las miradas y conversaciones están centradas en lo que hacen los muchachos en la esquina, en las velas derretidas y en lo que pasa en el hogar de Patricio y Angélica, los padres de Giovanni.

Ninguno se deja ver. Dicen que ella duerme, que él está todavía en shock. Era su único hijo, ejemplar según su tío Juan Santander, el mejor de su curso, agrega una vecina que lo asistió cuando cayó herido.

"Estamos quebrados totalmente. Él salía poco y siempre estaba bajo nuestro cuidado. Sus amigos son un grupo centrado, pero basta un gusano para que la manzana se pudra completa". Juan mantiene la tranquilidad en medio de un ambiente de tragedia que se vive en cada casa de este pasaje.

Quienes no sufren directamente por la pérdida de un hijo, agradecen asustados que los suyos, que también estaban esa noche con Giovanni, hayan podido arrancar de las balas para abrazarse con sus padres.

Pero esa suerte no es suficiente para estar tranquilos. Además de dolor, lo que se respira acá es desesperación por no poder dejar todo para marcharse a un lugar mejor.

"Se vende esta casa". El letrero lleva varios años colgado de la ventana de una vecina, que me pide no ser identificada. Sufre pensando en que su pequeño hijo Kevin, aún inocente ante la violencia que se engendra a su alrededor, crezca en medio de ese ambiente.

"Acá no se puede vivir, pero quién me va a comprar esta casa", me cuenta con los ojos fijos en lo que hace el pequeño mientras juega con una vela cerca de la cruz de luces amarillas. "Él quiso prender una ahí. Cuando se enteró de lo de Giovanni, se puso a rezar. Pero cuando supimos que murió, me preguntó: ¿Y de qué sirvieron mis rezos si Dios no me escuchó?. Me dio mucha pena".

"Que el Gobierno actúe ya"

En la José María Caro los rezos no sirven para erradicar el verdadero problema que aflige a los vecinos. "La cesantía lleva a los jóvenes a delinquir. La droga existe y es un medio para tener dinero", explica Juan Santander, apoyado en el marco de la reja de la casa, mientras muestra una foto de Giovanni en una tarjeta que el menor le regaló a la mamá.

Los vecinos cifran sus esperanzas en lo que puedan hacer las autoridades. El Gobierno justo el viernes antes del baleo anunció su intervención en la población, pero eso no es suficiente. Acusan abandono municipal y poco aporte de las policías.

Una de las cosas que más molesta a quienes viven ahí es la lenta reacción de los funcionarios de Policía de Investigaciones que tienen su cuartel a pocos metros de dónde fue baleado Giovanni. "No llegaban nunca, y quizás ellos podrían haber hecho algo. Era tanta nuestra rabia que cuando a Giovanni se lo llevaron fuimos a golpearles la reja del cuartel a reclamarles por no ayudarnos", recuerda con desesperación una vecina.

Ahora todos esperan que la anunciada intervención se realice pronto. Y que lo hagan silenciosamente, sin tanto revuelo, para evitar que los grupos de traficantes se preparen y escapen por un tiempo, para luego regresar a las andanzas.

"Ojalá el Ministerio (del Interior) actúe pronto para que se acabe la delincuencia. Ojalá esto volviera a ser lo de antes, pero estoy seguro que lo que le pasó a mi sobrino no es la última vez que va a suceder", se lamenta Juan.

Mientras, serán los propios vecinos los que encontrarán la forma de continuar adelante perpetuando el recuerdo de uno de los suyos, que sufrió la desgracia del destino. La cera amarilla derretida de las velas cubre las manchas de sangre; la pintura azul se encarga de tapar las marcas de las balas; los padres de Giovanni esperan la llegada de su cuerpo para realizar el velorio; en el Pasaje 6 Sur de la José María Caro la vida continúa su paso.

Por Felipe Gálvez T.
Fotos: Víctor Salazar
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