Los neumáticos se han convertido en uno de los focos menos visibles, pero más relevantes, de la contaminación asociada al transporte. Más allá de los gases de escape, su desgaste genera microplásticos y micropartículas que afectan al aire, al suelo y al agua, un problema que podría intensificarse con la masificación de los vehículos eléctricos.
Diversos estudios, recoge un reporte de motorpasion.com, han advertido que las partículas desprendidas por los neumáticos representan una parte muy significativa de la contaminación por microplásticos.
Un análisis publicado en Journal of Environmental Management señala que hasta el 90% de los microplásticos arrastrados desde las carreteras por la lluvia provienen del desgaste de las ruedas, mientras que cerca del 45% de los microplásticos presentes en el suelo y el agua tendrían el mismo origen.
El impacto no se limita al entorno terrestre o acuático. Investigaciones recogidas por la revista Environmental Research identificaron más de 2.400 compuestos químicos en el caucho de los neumáticos, algunos de ellos potencialmente peligrosos cuando se liberan al ambiente.
Entre ellos destaca el 6PPD, un compuesto que al reaccionar con el ozono puede generar derivados asociados a efectos nocivos para la salud.
Las cifras de emisiones son especialmente llamativas. La consultora británica Emissions Analytics comparó la contaminación generada por neumáticos y tubos de escape en pruebas realizadas con un Mercedes-Benz Clase C.
Según sus resultados, los neumáticos usados emitieron unos 36 miligramos de partículas por kilómetro, frente a apenas 0,02 mg/km procedentes de los gases de escape de los vehículos de combustión modernos.
Neumáticos viejos y autos eléctricos
El problema se agrava a medida que las ruedas envejecen. De media, un neumático puede perder entre 1 y 1,5 kilos de caucho a lo largo de su vida útil, liberando grandes cantidades de micropartículas, incluidas las PM0.1.
La tecnológica sueca Nira Dynamics advierte que, cuando los neumáticos alcanzan el 70% de su desgaste, las emisiones de partículas pueden aumentar entre un 200% y un 300%, lo que los hace no solo más peligrosos para la conducción, sino también mucho más contaminantes.
En este contexto, los vehículos eléctricos aparecen como un nuevo desafío ambiental. Aunque no emiten gases de escape, su mayor peso —debido a las baterías— y su elevado par motor provocan un desgaste más rápido de los neumáticos.
Datos recopilados por la empresa británica Epyx, a partir de flotas de vehículos de alquiler, indican que las ruedas de los eléctricos duran en promedio unos 29.000 kilómetros, frente a más de 39.000 km en modelos de gasolina o diésel.
El efecto se acentúa en vehículos eléctricos de gran tamaño y potencia. Casos como el de la Tesla Cybertruck, con más de tres toneladas de peso y cerca de 850 CV, han evidenciado desgastes extremos, con neumáticos que requieren reemplazo tras apenas 10.000 kilómetros.
Ante este escenario, Europa ya ha comenzado a reaccionar. La normativa Euro 7, que entrará en vigor en 2026, incluirá por primera vez límites específicos a la abrasión de los neumáticos. Esto obligará tanto a fabricantes de ruedas como a marcas de automóviles a desarrollar soluciones que reduzcan el desgaste, especialmente en los vehículos eléctricos, para mitigar una de las fuentes de contaminación más silenciosas y menos reguladas del transporte moderno.