A 18 años del 11-S: La sombra del cáncer y otras enfermedades que planean sobre Nueva York

Más allá de los cerca de 3.000 fallecidos y más de 6.000 heridos que dejó el derrumbe de las Torres Gemelas, EE.UU. no ha terminado de contar a los que vieron afectada su salud gravemente por la nube tóxica que sobrevoló el sur de la isla por semanas.

11 de Septiembre de 2019 | 11:44 | AFP/Editado por V. Salvo U.,Emol

Vista de la nube de polvo tóxico sobre Manhattan, un día después del atentado contra el World Trade Center en 2001.

AFP (archivo)
Jaquelin Febrillet tenía 26 años y trabajaba a dos cuadras de las Torres Gemelas cuando los aviones secuestrados por los radicales islamistas las derribaron el 11 de septiembre de 2001.

En 2016, 15 años después de los atentados más sangrientos de la historia, esta sindicalista profesional, hoy madre de tres hijos, fue diagnosticada con un cáncer metastásico. La única explicación lógica: la nube de cenizas y desechos tóxicos en la cual se encontró inmersa el día de la catástrofe.

Richard Fahrer, hoy de 37 años, trabajó frecuentemente en el sur de Manhattan como agrimensor de 2001 a 2003. Hace 18 meses, tras padecer dolores en el estómago, los médicos detectaron a este joven padre un agresivo cáncer de colon, una enfermedad que afecta en general a hombres mucho mayores, y para el cual no tenía ninguna predisposición.

Más allá de las cerca de 3.000 personas fallecidas y más de 6.000 heridas en el derrumbe del World Trade Center, Nueva York no ha terminado de contar aún las personas enfermas de cáncer y otros males graves, sobre todo de pulmón, ligadas a la nube tóxica que planeó durante semanas sobre el sur de la isla.

No solo los rescatistas

Los decenas de miles de bomberos, rescatistas, médicos o voluntarios movilizados hacia el "Ground Zero", donde se erigían las Torres, fueron los primeros afectados. Ya en 2011, un estudio publicado en la revista científica The Lancet mostraba que estas personas se enfrentaban a riesgos aumentados de padecer cáncer. Según el estudio, los bomberos que participaron de los rescates tenían un 19% más de probabilidades de desarrollar la enfermedad en comparación con el resto de sus compañeros.

En 2018, otro estudio publicado en JAMA Oncology aseguró que es más probable que los veteranos desarrollen mieloma múltiple, un tipo de cáncer sanguíneo, y ese mismo año se reveló la mayor incidencia de cáncer de cabeza y cuello entre los trabajadores de servicios de emergencia, consignó la agencia española de noticias científicas, Sinc.

Un censo actualizado hasta junio de este año del WTC Health Program, un programa federal de salud reservado a los sobrevivientes del atentado, dio cuenta que alrededor de 14.000 de sus inscritos - entre rescatistas y civiles - presentan cáncer.

Jaquelin Febrillet o Richard Fahrer forman parte de las personas "comunes" que trabajaban o residían en el sur de Manhattan cuando ocurrieron los atentados, una categoría de enfermos que no cesa de aumentar.

A fines de junio pasado, más de 21.000 civiles se habían registrado en el programa de salud, dos veces más que en junio de 2016. Y de esos 21.000, cerca de 4.000 fueron diagnosticados de cáncer, sobre todo de próstata, seno o piel.

10.000sobrevivientes del atentado registraron cáncer, según el último censo del WTC Health Program
El principal responsable del daño físico es la nube de polvo que cubrió la ciudad tras el derrumbe de los edificios. Investigaciones posteriores demostraron su elevada toxicidad, debida la alta alcalinidad de la mezcla de cemento en polvo.

"Es imposible para un individuo determinar la causa exacta, ya que ningún examen de sangre viene con la etiqueta WTC", pero varios estudios mostraron que "la tasa de cáncer aumentó entre 10% y 30% en las personas expuestas", explicó a la AFP David Prezant, jefe médico de los bomberos neoyorquinos.

Se espera que esta tasa aumente en el futuro, a raíz del envejecimiento de las personas expuestas - los riesgos de cáncer aumentan con la edad - y la naturaleza de ciertos cánceres, como el de pulmón o el mesotelioma, que demora de 20 a 30 años en desarrollarse, dijo.

"Nadie podía predecirlo"

Fue en este contexto que el Presidente Donald Trump ratificó a fines de julio una ley que postergó de 2020 a 2090 la fecha límite para presentar demandas ante un fondo federal especial de indemnización. El fondo debe ser regularmente refinanciado, tras haber agotado su presupuesto inicial de 7.300 millones de dólares, con una indemnización promedio de 240.000 dólares por enfermo y de 682.000 dólares por persona fallecida.

Tras postergar varias veces la fecha límite del Fondo, el Congreso reconoció que se debería poder cubrir a "una persona que era bebé (durante los atentados), hasta el fin de su vida", explica el abogado Matthew Baione, que representa a Febrillet y a Fahrer en sus trámites de indemnización.

"Nunca hubo un ataque comparable al del 11 de septiembre", subrayó. "Nadie podía predecir lo que pasaría con miles de millones de toneladas de materiales de construcción en combustión durante 99 días", que liberaron en el aire cantidades inéditas de productos químicos, entre ellos dioxinas, amianto y otras sustancias dañinas.

De hecho, además de ser cancerígenas, muchas de estas sustancias se depositaron en los conductos respiratorios de quienes estuvieron en la zona, en cantidades de magnitud por encima de las recomendaciones de la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EE.UU. (EPA, por sus siglas en inglés), generándoles heridas en los pulmones.

"Podrían haber habido más esfuerzos para limitar la exposición (...) Nunca nos dijeron que algo podía pasarle a la gente"

Jaquelin Febrillet, víctima de los atentados
"Las heridas pulmonares son el impacto más común causado por la exposición al polvo y al humo en el World Trade Center", explicó a Sinc el investigador de la Universidad de Nueva York, Michael Weiden, estudioso de esta materia. Aunque advirtió que "el aumento en la incidencia del cáncer es el (efecto) más serio en términos de vidas perdidas". Otros expertos incluso mencionan daños hepáticos por exposición prolongada a estas sustancias, hasta el punto de necesitar un trasplante de hígado.

A la espera de conocer todas las consecuencias de la tragedia para su salud, Febrillet y Fahrer deploran que la ciudad de Nueva York no hiciera más para proteger a los residentes y trabajadores del barrio. "Podrían haber habido más esfuerzos para limitar la exposición de los adultos sanos e impedirles entrar en la zona de la catástrofe", dijo Fahrer.

La prioridad era que "la ciudad regresase a la normalidad, que la Bolsa de Nueva York reabriera al cabo de varios días", pero "nunca nos dijeron que algo podía pasarle a la gente", subraya Febrillet. "Ya no preguntamos '¿Cómo va fulano?; preguntamos '¿Cómo fue la operación? ¿Cómo avanza el tratamiento?'", explicó esta mujer que tiene varios colegas que están enfermos o murieron. "Somos tan jóvenes, no debería ser así", lamentó.
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