Marcela Serrano: “Nosotras no nos relacionamos en forma anecdótica, nos vamos al alma”

Esta destacada escritora acaba de lanzar “Diez mujeres”, una novela que narra las historias sufridas de 10 mujeres que están en terapia, única parte donde podrían estar, según Serrano, en el duro mundo de hoy. Cree que hemos sacado la voz, pero no alcanzado el poder, porque entre otros, seguimos cargando con todos los roles.

27 de Octubre de 2011 | 08:08 | Por María José Errázuriz L.
El Mercurio

Estuvo sumergida en el silencio profundo casi 7 años. Recuperando su físico y retomando las fuerzas para volver a escribir un libro, “Diez mujeres”, que hoy, tras más de un mes en librerías, ya es best seller.


Se la ve relajada y feliz con la nueva vida que lleva, alejada del bullicio social y de la sobreexposición que le significa ser una reconocida novelista. Hoy, Marcela Serrano, se da tiempo para disfrutar del cafecito del barrio, de su parcela en Quillota, donde se recluyó para superar una crisis por estrés, y del placer de no tener que, esta vez, asumir intensos compromisos promocionales.


“Diez mujeres” sale a la luz 20 años después de su primer libro, “Nosotras que nos queremos tanto”, y tal como sostiene, pasado ese tiempo cree firmemente que las mujeres tienen una misma historia que contar.“Quise saber si había sido coherente todos estos años y es impresionante cómo tuve la certeza de que sí tenía razón al decir que las mujeres, de una forma u otra, tenemos la misma historia que contar”, explica.

-Tras leer el libro queda la sensación de que irrenunciablemente has decidido ser voz de las mujeres.
“Crees eso. No es mi intención ser la voz de las mujeres, jamás sería tan vanidosa ni tendría esas pretensiones, pero lo que sí me fue pasando, sin darme cuenta, es que era la única voz que me interesaba, las únicas voces que me interesaban”.

-¿Y eso por qué?
“Fui lectora desde muy chica y en algún momento dije ‘qué raro que todo lo que leo sea escrito por hombres’, ‘qué raro que sepa tantas historias de hombres y tan pocas de mujeres’, en la historia de la literatura. Cuando escribo una novela tengo cero intención de nada, cuento lo que me sale más de adentro, no más; las historias que me son fáciles de contar y no tenía ninguna conciencia que me fui transformando en lo que me terminé transformando. Eso fue la vida, no yo”.

-¿Crees que, incluso en estos tiempos, las mujeres no tienen voz?
“No, creo que cada vez tenemos más voz...”

-Lo dices como con un ‘pero’.
“Es que no nos engañemos, no hemos llegado al poder. (Tener Presidenta mujer) no es llegar al poder; el poder es el sistema y el sistema sigue siendo masculino. Esto es salvaje; se acaba de nombrar una comisión en Educación y son puros hombres; en las empresas, puros hombres, en la Iglesia Católica, puros hombres; los famosos poderes fácticos de los que hemos hablado tanto tiempo siguen estando en poder de los hombres. Entonces no es que una mujer llegó al Ejecutivo –algo que obviamente abre puertas y será clave en lo que nos pase-, pero nosotras, en el mundo, de Finlandia a Mali, no nos engañemos porque no estamos en el poder; el poder sigue siendo masculino”.

-Dices que de 20 años a esta parte, seguimos contando la misma historia.
“No la misma que contamos 20 años atrás, es otra. Lo que pasa es que es la misma historia entre nosotras, porque seguimos siendo una minoría cultural. Hemos avanzado, mucho; de hecho tenemos mucha más fuerza en la voz. Vengo llegando de Italia y España y me di cuenta de que nosotras, las chilenas, hemos ganado algo que ellas no tienen y que es que la mujer que está en la vida pública no es juzgada por lo privado. Cuando veo que nadie sabe quién es la pareja de la Camila Vallejos, o si Michelle Bachelet ha tenido una pareja en los últimos años, lo que nos está diciendo es que estamos respetando a las mujeres públicas, cosa que en Europa es al revés, donde son enfocadas, encañonadas. Me dio orgullo ser mujer latinoamericana, en esta vuelta somos mucho más decentes.
“¿Estamos igual que hace 20 años? No, estamos mucho mejor, pero el sistema no nos acoge”.

-¿Se está mejor si estamos pagando altos costos por estar en el sistema?
“Lo que pasa es que las mujeres hemos peleado mucho y esa pelea da frutos. Desde las leyes que hemos dictado... Qué pena, siempre estamos restaurando frente a los ojos de los otros; tenemos que pelear por leyes. En el gobierno de Frei la Soledad Alvear se jugó por una ley que hacía que todos los hijos fueran legítimos; bueno, eso le cambió la vida al 50% de las mujeres. El que todos los hijos pasaran a ser iguales es para nosotras una ganancia y esas leyes nos dan posibilidades de igualarnos, pero el sistema sigue siendo masculino.
“Cuando digo que no hemos llegado al poder no es porque me interese un poder para las mujeres, no hablo de matriarcado, hablo de un poder inclusivo, porque eso es lo más democrático. Dejar a las mujeres fuera ya no es democrático”.

-Escribes para mujeres...
“Yo no escribo para mujeres, que los hombres no me lean es decisión de ellos, no mía (se ríe). No es mi objetivo, al revés; vieras cómo reto a mis amigos que no me leen, lo hallo el colmo”.

-¿Aprenderían más de nosotras?
“Mil veces. Por qué si nosotras hemos tragado toda la literatura masculina a lo largo de siglos, ellos no son capaces de leer a las mujeres. Las discriminan a priori, en la vitrina de las librerías. Jamás he pensado escribir para mujeres y me encantaría que ellos me leyeran”.

Marcela Serrano reconoce que su historia familiar, marcada por una madre adelantada a los tiempos y cinco hijas que desarrollaron fuertes personalidades y destacadas carreras profesionales, ha dejado huella en su pluma. “Ha sido potentísimo. Todo lo mío tiene que ver con la infancia; mi madre ya tenía cuatro hermanas, o sea, cuatro tías. Ella se metió en la literatura cuando era un mundo tan masculino, siendo una mujer bien, por lo que fue doblemente difícil. Y tuve un papá muy raro, por eso le dedique esta novela. Desde muy chica le escuché decir ‘el pan se lo tienen que ganar ustedes, ustedes no pueden ser dependientes económicamente de nadie porque eso les va a quitar libertad para todo lo demás’. Para él era inconcebible que no fuésemos a la universidad, habría sido una paria”, recuerda.

“Éramos achoclonadas, no competíamos y por eso doy gracias todos los días. Nos enseñaron, al revés, que todo el éxito de la otra era como si fuera propio”, dice.

-Pero hoy las mujeres sí están compitiendo, con los hombres y entre ellas.
“Ese es un gran error. Pero eso es lo que pasa cuando te metes en la lógica masculina. Hace unos 30 o 40 años las mujeres comprendieron que la del lado era su hermana y no su competidora, porque éramos minorías culturales discriminadas. El entender que la del lado vive las mismas penas, las mismas pasadas a llevar, es fundamental. La competencia es básica en el ser humano, pero entender a la mujer como tu enemiga es un error gigantesco, no vamos a llegar a ninguna parte con eso”.

-¿Es una de las malas jugadas que nos ha hecho el feminismo?
“No lo creo así porque la cantidad de textos maravillosos que las escritoras feministas han escrito sobre la ‘sororidad’, la fraternidad en las mujeres, lo desmiente. Lo que pasa es que las mujeres se enfrentan hoy día a un mundo tan descarnado que están siendo hombres y mujeres al mismo tiempo.
“Sus roles de mujeres no los han abandonado, pero no hemos traído a los hombres al hogar, y seguimos cargando con los dos lados, lo que es pesadísimo. Los hombres decidieron hace años que nosotras nos teníamos que hacer cargo de las emociones, fueran cuales fueran; entonces hoy las mujeres no sólo trabajan, proveen, sino que además están encargadas de las emociones de los niños, de los padres, de la pareja. Los roles fueron un tema vital en mi novela, yo quise que el lector sintiera la camisa de fuerza que tienen las 10 sobre sus roles. Primero eres mamá, después esposa, hija, profesional, compañera y quizás, al final, te quede alguna gota de fuerza para ser tú. Los hombres son primeros ellos y después sus roles”.

-La camisa de fuerza de la que hablas se traduce en silencio. Las 10 historias que cuentas están marcadas por vivir sus vidas en silencio.
“Bueno, por eso las hago hablar en la terapia, porque yo apuesto al no silencio. El poder de la palabra es curativo; eso lo sabemos desde las antiguas tribus, cuando las mujeres se sentaban alrededor del fuego a contarse sus historias. Siento que la sanación tiene que ver con ordenar tu historia personal y regalarse a otra y a la vez escuchar a la otra. Verbalizar, socializar, colectivizar es el camino, por eso creo profundamente en lo curativo que es la palabra”.

-Pero seguimos rompiendo el silencio entre mujeres.
“No es poco, los hombres no lo rompen, pobrecitos. (No lo hacemos frente a ellos) porque no nos oyen. Cuántas mujeres van a terapia y cuántos hombres; nosotras no tenemos miedo a hablar. Nosotras no nos relacionamos en forma anecdótica, nos vamos al alma; por eso los hombres dicen que las mujeres nunca están solas y ellos, sí. Es por eso, por minoría cultural que somos y nuestra historia de discriminación nos permite tener un enganche inmediato con la otra”.

-¿Tu novela tenía un objetivo terapéutico? ¿O eso es muy ambicioso?
“El objetivo siempre es escribir, pero si con ello puedes ser testigo de tu tiempo, ojalá lo hicieras y en ese sentido, tengo la ilusión que haya mujeres que después de leer la novela les den ganas de hablar. Es más, que ellas sean el monólogo número once”.

-Son sólo historias de dolor y sufrimiento.
“Bueno, están en terapia. En mi primera novela estaban en un lago tomando sol y contando sus historias, aquí están en terapia y lo hice apropósito porque este es el mundo de hoy; el mundo de hoy está mucho peor que hace 20 años, es mucho más oscuro. De hecho pensé mucho dónde situarlas y creí que lo más coherente de todo era que estuvieran en terapia”.


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