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Vino, queso y pan: Una fuerte crisis sacude a la gastronomía sagrada de Francia

El desplome de las exportaciones, el avance de alimentos importados, el cambio climático y nuevos hábitos de consumo están debilitando uno de los principales símbolos culturales y económicos del país.

11 de Septiembre de 2026 | 13:12 | Por José Tomás Guzmán, Emol.
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Imagen generada con IA.

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Durante siglos, el vino, el queso y el pan han formado parte central de la identidad de Francia.

Sin embargo, el modelo alimentario que convirtió a la nación gala en una de las principales potencias gastronómicas del mundo enfrenta actualmente una crisis que atraviesa prácticamente toda su cadena productiva.

Las exportaciones de vino se encuentran en su nivel más bajo en más de 15 años, los quesos italianos aumentan rápidamente su presencia en el mercado interno y cerca de uno de cada dos pollos consumidos en Francia proviene del extranjero.

A ello se suma el deterioro de la balanza comercial agroalimentaria. El superávit del sector alcanzó apenas 181 millones de euros el año pasado, su nivel más bajo desde finales de la década de 1970 y muy lejos de los 5.000 millones de euros registrados en 2024.

Detrás de esas cifras confluyen distintas presiones. Los productores enfrentan condiciones climáticas extremas, mayores costos, competencia internacional y una transformación profunda de los hábitos de consumo de los franceses.

"Estamos viendo tendencias que se intensifican y que están desestabilizando las certezas francesas", afirmó Sébastien Abis, investigador asociado del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS) a Bloomberg.

"El mundo entero aceleró mientras nosotros quizás permanecimos un poco estancados. La pregunta que enfrenta hoy el sector agrícola y alimentario francés es si queremos recuperar nuestras ambiciones", agregó.

La fuerte presión bajo el vino


Uno de los sectores más afectados es el vitivinícola.

Los vinos y licores siguen siendo el principal producto agroalimentario de exportación de Francia, pero sus ventas internacionales continuaron cayendo durante 2026, afectadas por los aranceles impuestos por Donald Trump, una menor demanda desde China y la disminución global del consumo de alcohol.

Además, el clima ha profundizado el deterioro.

La producción de vino francesa para este año se estima en 34 millones de hectolitros, un 6% menos que en 2025 y un 17% por debajo del promedio de los últimos cinco años. La cosecha sería además una de las más pequeñas de las últimas tres décadas.

En el caso del champán, la caída sería todavía más pronunciada. Su producción se reduciría a 1,34 millones de hectolitros, cerca de un 48% menos respecto del año pasado.

Las altas temperaturas y la sequía también adelantaron la vendimia en gran parte de las regiones productoras. En Borgoña, el Pinot Noir ha sufrido pérdidas superiores al 50%.

Francia ya ha perdido cerca de un tercio de la superficie destinada a viñedos durante los últimos 50 años y el proceso continuará. El gobierno ha impulsado programas para financiar el retiro de viñas con el objetivo de disminuir la capacidad productiva y enfrentar el exceso de oferta.

Una vez concluida la actual campaña, se habrán eliminado unas 54.000 hectáreas durante los últimos dos años, con un costo fiscal de 217 millones de euros.

Franck Saillan, cuya familia produce vino desde hace más de 400 años cerca de Carcasona, es uno de los agricultores que reducirá su producción.

"Económicamente, la situación empieza a ser muy difícil", afirmó a Bloomberg.

"En Francia, el vino está en el corazón de nuestra cultura y quizás nos hemos convertido en prisioneros de nuestras propias convicciones".

Franck Saillan, vinicultor
Su estrategia también refleja otra transformación de la industria. Saillan pretende ingresar al mercado de vinos con menor contenido de alcohol e incluso sin alcohol, buscando acercarse especialmente a consumidores jóvenes.

"Lo que hacíamos hace 20, 30 o 50 años quizás hoy esté obsoleto", señaló. "En Francia, el vino está en el corazón de nuestra cultura y quizás nos hemos convertido en prisioneros de nuestras propias convicciones".

Italia gana espacio


La pérdida de terreno también comienza a observarse en un producto históricamente asociado a Francia: el queso.

En el Mercado Internacional de Rungis, a las afueras de París y considerado uno de los mayores mercados de productos frescos del mundo, las importaciones ocupan una proporción creciente del negocio.

El mayorista Buisson, especializado en quesos y embutidos, comercializó en mayo más de cinco toneladas diarias de quesos italianos, frente a solo dos toneladas seis años atrás. La mozzarella di bufala, la burrata y el parmesano representan actualmente cerca del 40% de los ingresos de la empresa.

Marco Di Tommaso, responsable de los quesos italianos de Buisson, estima incluso que Francia, pese a contar con más de 1.200 variedades de queso, podría estar consumiendo actualmente más mozzarella que camembert.

"Sin siquiera darse cuenta, todo el mundo utiliza productos italianos", explicó Philippe Ammiche, director ejecutivo de la empresa.

El fenómeno responde también a nuevos hábitos de consumo.

Mientras tradicionalmente el queso francés se consume solo o al final de las comidas, los productos italianos forman parte de platos cotidianos como pizzas, pastas y ensaladas, preparaciones que han ganado espacio entre consumidores que dedican menos tiempo a cocinar.

Los franceses, especialmente los menores de 35 años, están recurriendo con mayor frecuencia a platos preparados y formatos rápidos. La expansión del teletrabajo después de la pandemia también modificó la tradicional costumbre de almorzar en restaurantes o bistrós.

Agricultura pierde competitividad


La crisis se extiende asimismo hacia los cereales.

Francia construyó después de la Segunda Guerra Mundial una industria agrícola altamente productiva, que llegó a dominar el comercio europeo de cereales, vino y productos lácteos. Hoy sus agricultores enfrentan la competencia de productores de menores costos como Rusia y de grandes explotaciones industriales de Estados Unidos y Australia.

Éric Thirouin, cuya familia cultiva cereales desde al menos 1540 en la región de Beauce, enfrenta actualmente su cuarto año consecutivo de pérdidas.

"Francia tiene que despertar, de lo contrario terminaremos siendo un país dependiente del extranjero y perderemos completamente nuestra soberanía."

Éric Thirouin, agricultor
"Somos la principal potencia agrícola y estamos perdiendo terreno", afirmó. "Francia tiene que despertar, de lo contrario terminaremos siendo un país dependiente del extranjero y perderemos completamente nuestra soberanía", sostuvo.

La sucesión de shocks ha sido particularmente severa. En 2023 aumentaron fuertemente los precios de los fertilizantes tras la invasión rusa de Ucrania. Un año después, Francia registró su peor cosecha en cuatro décadas. En 2025 los precios del trigo cayeron y durante este año nuevamente aumentaron los costos del combustible y los fertilizantes, mientras las olas de calor afectaron los rendimientos.

A ese escenario se suma un problema generacional.

El número de explotaciones agrícolas francesas se ha reducido cerca de 75% desde la década de 1970, hasta aproximadamente 390.000. Dentro de cuatro años, casi la mitad de los agricultores habrá alcanzado además la edad de jubilación.

Gobierno declara una "guerra agrícola"


La magnitud del deterioro llevó al gobierno del presidente Emmanuel Macron a declarar una "guerra agrícola".

En agosto fue aprobada una ley de emergencia que contempla priorizar los productos franceses en escuelas y flexibilizar normas relacionadas con instalaciones ganaderas, pesticidas y proyectos de irrigación.

La ministra de Agricultura, Annie Genevard, anunció además un paquete de ayuda superior a 1.000 millones de euros para los agricultores afectados por las olas de calor y los incendios forestales registrados durante el verano.

El desafío, sin embargo, supera las ayudas coyunturales.

La crisis está obligando a Francia a revisar un modelo que durante décadas apostó por productos de alta gama como champán, grandes vinos, foie gras y quesos artesanales, mientras países como Italia desarrollaron una oferta más accesible y adaptable al consumo cotidiano.

"Vemos que, a largo plazo, eso fue un error", sostuvo Yannick Fialip, presidente del Centro Nacional para la Promoción de Productos Agrícolas y Alimentarios.