Ignacio Achurra: “Las mujeres se enamoran del hombre fresco”

El actor, interpreta hoy a Marco, un pololo más bueno que el pan en “Solamente Julia”. Allí, también comparte, por primera vez pantalla telenovelezca con el eterno galán, ‘El Pato’, como llama a su padre. “Es relajado (…) y muy bueno. Es el único demócrata cristiano por el que votaría”, asegura el único hijo hombre de los Achurra.

19 de Marzo de 2013 | 17:20 | Por Ángela Tapia. F., Emol
Sebastián Salgado, El Mercurio
Mucho antes de que su nombre fuera estrenado en las teleseries, allá por la época de “Hippie”, el rostro de Ignacio Achurra, actor e hijo de actor, ya se había hecho conocido gracias a múltiples entrevistas que dio, rodeado de las expectativas de los medios, que veían cómo el único hijo de Patricio Achurra -hombre que por décadas enamoró y rompió corazones a las chilenas asiduas a las novelas- seguía los pasos de su padre.

Tal fue el éxito adelantado, que antes de que saliera al aire el primer capítulo de la producción de Cristián Galaz, ya había firmado contrato para ser el rostro de una multitienda. Pero de la tele, poco le importaba.

Su corazón estaba y se mantiene hasta hoy concentrado en el teatro callejero, un oficio que si bien no le da los ingresos de una estrella de la pantalla criolla, le ha valido más que un reconocimiento, además de la satisfacción de presentar espectáculos masivos y con la libertad de conciencia que da el actuar, sin el contrato de una empresa de por medio.

Ya desde 2002, tras formar la compañía “La patriótico interesante”, Ignacio venía dando forma a un sueño que partió siendo dirigente en la Facultad de Artes de la Chile: hacer teatro para todos. Y tan bien le fue, que hasta ganó el premio a Mejor Director en el festival de nuevos directores de la Chile. Pero no pasaría mucho tiempo hasta que una aparición en un comercial lo llevara directo al camino de su padre, las teleseries, y ‘el hijo de’, pasó a ser casi parte de su nombre para los televidentes que lo iban conociendo.

“Fue una partida en falso”, asegura este hombre que tiene a su haber pocas teleseries, pero una extensísima lista de producciones teatrales callejeras que ha presentado alrededor del mundo. No era de extrañar que apenas recibiera la invitación de la compañía francesa Generik Vapeur, vendiera su auto y mandara a la punta del cerro la carrera en televisión para irse a Europa.

“En esa época, tomé la opción de priorizar mi desarrollo en el teatro y, con todos los costos que eso tenía a nivel de ingresos. La televisión paga bien y el teatro callejero por supuesto que paga muy mal, cuando paga”, confiesa el hombre que el año pasado creó, junto a Martín Erazo, de la La Patogallina, el primer festival internacional de teatro callejero en Chile, FITKA.

Pero hoy es posible verlo de vuelta a la pantalla, como Marco Muñoz, el novio de Julia Sepúlveda, en “Solamente Julia” (TVN), que al parecer sufrirá un montón cuando vea que todas las cosas que ha ido comprando con el sueño de irse a vivir con su polola, tendrá que dejarlas guardadas porque a ella le gusta su patrón.

Además, este verdadero culebrón tiene el plus de tenerlo como colega de su papá en el set de grabación, en el mismo año que celebrará 11 años de compañía, con su primera muestra en sala, el próximo 10 de abril en Matucana 100.

-Bueno, tal parece que en realidad usas la televisión para solventar el teatro.
“Tiene algo de eso, pero sería mentiroso si dijera que trabajar en la televisión es un sacrificio enorme y que la única recompensa es cobrar el cheque a fin de mes. Yo lo paso muy bien, sobre todo con este equipo, donde se ha armado una onda muy agradable. Y está mi viejo, además”.

-¿Es primera vez que trabajas actuando con tu papá?
“En televisión, sí. Los dos dirigimos una consultora de coaching (Achurra Entrenadores) y hacemos las clases de ahí juntos. La verdad es que con el Pato somos súper amigos. Tenemos una relación muy horizontal. No sé si es por ser el único hijo hombre, pero somos muy cómplices con mi viejo. Nos contamos nuestras cosas, y disfrutamos mucho del trabajo juntos. Lo primero que hacemos, cada vez que uno se expone en una escena o en una clase, es criticarnos. Nos llamamos, y nos contamos qué nos pareció”.

-Pero, ¿qué tan relajado puede ser criticarse entre padre e hijo?
“Es que tenemos una relación  muy distinta a la común. ‘Hola, ¿cómo estás? ¿Te viste ayer en la escena? (Pone cara de asco) Te encontré mal. Oye, ¿almorcemos juntos?’. Nos criticamos mucho, pero con cariño. Yo no podría recibir ninguna crítica con mejor intención que la de mi papá. Quién puede querer más en la vida que yo haga mejor mi trabajo que mi viejo, y lo mismo pasa de mí hacia él. Mi viejo tiene un carácter maravilloso, así que es muy difícil enojarse con él. Es relajado, un tipo tranquilo y muy bueno. Es el único demócrata cristiano por el que votaría”.

-¿Nunca sentiste la presión de estar a su sombra, de las comparaciones, de sobresalir solo como ‘el hijo de’?
“No, en lo más mínimo, porque a mi viejo lo adoro y siento gran admiración por lo que hace; me siento orgulloso de ser su hijo. Y segundo, porque a pesar de que los dos somos actores, hemos realizado carreras distintas. Yo me he especializado en algo muy específico, como el teatro de calle. Desde siempre he tenido mi compañía, y la televisión solo ha sido un accidente en mi vida, algo que me dieron ganas de hacer, pero yo venía de otro mundo”.

-Y ya conocías ese mundo…
“Sí, sabía que la televisión es pasajera, que entrar es difícil pero más lo es mantenerse. Mi papá me había dicho antes. Él se ha mantenido por veinte años, pero él es de otra época, probablemente, con menos competencia, aunque, por supuesto, que tiene todos los méritos y capacidades para estar ahí. Pero yo nunca entré a estudiar Teatro pensando en ser un galán en la televisión”.

-¿Alguna vez te dijeron que te farreaste la oportunidad de convertirte en ese galán?
“Mucha gente me lo dijo. Además, a mí me invitaron a entrar a dos reality vip en ese momento. Se hacía mucha plata con esas cosas, y me decían que me metiera un mes y así me compraba un departamento. Pero cada uno construye su camino y ese no es el mío. No soy un chico reality”.

-Hoy interpretas a Marco, un tipo bueno y enamorado, que parece que va a sufrir harto por amor.
“Sí, llega a dar penita. A mí me gustó mucho cuando me lo ofrecieron. Me pareció noble, bonito, y representativo de  tantos hombres que se enamoran profundamente de una mujer, y que tienen como único foco el tener las condiciones económicas básicas para poder ofrecerle una casa y construir una familia”.

-Algunas dicen que los hombres así escasean.
“Probablemente, pero cuidado, que Marco tiene su lado b; es bueno para los combos y muy celoso y machista. Se quejan de que faltan esos hombres, pero tengo amigas que conocen tipos así, que quieren darle todo a sus minas, y se quejan de que ellos son súper fomes y que no calientan a nadie. Así que creo que las mujeres, en realidad, se enamoran del hombre fresco, al que quieren dar vuelta. Lo toman como un desafío.
“Marco es un prototipo de hombre, del que no me siento identificado. Mi única meta no es formar una familia; quiero desarrollarme profesionalmente, y no por un deseo exitista, sino que hay una parte de mi alma que se desarrolla con el trabajo profesional, con el teatro. Por eso tiendo a buscar compañeras que también tengan esa aspiración”.

-¿Que no anden apuradas, con el vestido en la cartera, dices tú?
“Claro, porque no funcionaría. No voy a responder al ideal que ellas quieren. Me gusta ir de gira con mi compañía, tener un montón de amigas y amigos, salir... La vida de Marco empieza a las 6 de la tarde, cuando sale del trabajo. La mía, a las 8 de la mañana, cuando me voy a la pega”.

-¿Cuál es tu vicio privado?
“Soy fanático de los afiches de teatro callejeros y soy muy ordenado, casi simétrico. Me encanta el orden, me gustan los lugares despejados. Para ordenar mi cabeza, necesito de un orden externo”.

-¿Vives solo?
“Sí. Ahora le arriendo una pieza a un chico que pasa muy poco tiempo acá y es súper ordenado también. Además, soy de los ordenados maniáticos, pero conmigo mismo; no molesto a nadie. He vivido con amigos, en casas abandonadas, me he ido de gira con quince personas…”.

-¿Casas abandonadas?
“Sí, me fui a los 18 años a vivir a una casa abandonada por siete meses, con unos amigos. Estaba en la calle Lyon, pero ya la destruyeron para hacer un edificio gigante. Tenía el primer piso destruido, pero algunas personas ya se lo habían tomado para hacer unos talleres de pintura. Yo agarré una pieza y le puse ventanas y una puerta que me encontré tirada, porque no tenía nada”.

-O sea que fuiste okupa…
“Yo no sé si okupa en estricto rigor, solo estábamos ocupando un espacio abandonado… Bueno, en realidad, sí. Había una señora que vivía en una casucha atrás, que nos daba luz.  Hicimos una ducha casera, con agua helada, y cocinábamos en una cocinilla a gas. La luz había que tenerla bajita para que no vieran de afuera que había gente en la casa, pero nos las arreglamos súper bien. Fue entretenido, además. Venía recién saliendo de mi casa, viviendo por primera vez solo, estudiando Teatro, viviendo con amigos, y con visitas de artistas visuales que trabajaban en sus talleres. Carreteábamos sin ninguna responsabilidad porque daba lo mismo, no había nada que limpiar después”.

-¿Por qué duraste solo siete meses, entonces?
“Es que nos robaban mucho, entraba cualquiera. A veces llegábamos y había indigentes abajo, durmiendo. Y porque la vida va evolucionando, y después me fui a vivir a una casa con puertas y ventanas”.
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