En muchas organizaciones se ha vuelto cada vez más común que las personas posterguen o renuncien a tomar vacaciones durante el año. Aunque puede interpretarse como compromiso o responsabilidad, en la práctica puede generar conflictos internos y esconde una problemática mayor con equipos que funcionan al límite, liderazgos que no logran asegurar continuidad operativa y culturas laborales que normalizan el desgaste como parte del desempeño.
Según explica Arturo Reyes Ramos, Gerente de Consultoría en Desarrollo Organizacional de BDO (auditoría y consultoría), cuando en un equipo nadie se toma vacaciones, el foco no debiera estar en el individuo, sino en el funcionamiento de la organización
“Cuando en un equipo nadie se toma vacaciones, suele ser una señal de alerta organizacional más que de compromiso. Puede ser un indicador de cargas mal distribuidas, roles poco reemplazables o de una cultura que prioriza la disponibilidad permanente por sobre la salud mental y la adecuada conciliación entre el trabajo y el descanso”, advirtió.
Agregó que el descanso deja de entenderse como un derecho o una necesidad básica y pasa a verse como una amenaza para la operación. “En este contexto, el descanso comienza a percibirse como una amenaza para la continuidad del trabajo. De esta forma, el problema es que la organización se vuelve altamente dependiente de personas clave, se posterga el aprendizaje colectivo y se normaliza el desgaste emocional como condición para cumplir”, señaló.
El costo de no desconectarse
La falta de vacaciones no suele generar consecuencias inmediatas, pero sí un desgaste que termina afectando a las personas y a los equipos. Desde el punto de vista personal, el impacto se manifiesta en el plano físico, cognitivo y emocional, con efectos directos en la calidad del trabajo.
Reyes Ramos detalló que “la falta de descanso sostenido genera un desgaste progresivo que impacta tanto el funcionamiento cognitivo como emocional. Se reduce la capacidad de concentración, análisis y toma de decisiones, aumentando la probabilidad de errores y respuestas impulsivas. A nivel emocional, aparecen irritabilidad, desmotivación y menor tolerancia a la frustración”, agregó.
Desde la mirada de las áreas de gestión de personas, estos síntomas no solo afectan a quien no descansa, sino que terminan repercutiendo en todo el equipo. Así lo plantea Bárbara Kübler, Chief Human Resources Officer de Talana (plataforma RR.HH.), quien advierte que el primer impacto suele verse en la salud. “El primer impacto o riesgo pasa por la salud física y mental, lo que rápidamente se refleja en el trabajo. Aparecen el cansancio crónico, la irritabilidad y la dificultad para concentrarse”, explicó.
A largo plazo, el escenario se vuelve aún más complejo. “Asimismo, a largo plazo, el no desconectarse aumenta el riesgo de estrés, burnout y desmotivación, lo que termina afectando tanto a la persona como al equipo completo”, sostuvo Kübler.
Productividad a costa del desgaste
Uno de los aspectos más relevantes de este fenómeno es que la productividad puede parecer estable. Sin embargo, ese rendimiento suele sostenerse a costa de una exigencia que termina pasando la cuenta.
“Cuando el descanso es insuficiente, los equipos tienden a operar desde la urgencia permanente”, afirmó Reyes Ramos. En ese contexto, el clima laboral comienza a deteriorarse y “se puede volver más tenso, con menor apertura, menor colaboración y mayor reactividad frente a errores o sobrecargas”.
Reyes Ramos agregó que la productividad puede sostenerse en el corto plazo, pero con un deterioro progresivo de la calidad y la innovación. Con el tiempo, el equipo puede perder capacidad de coordinación, compromiso y adaptación frente a nuevas exigencias o cambios”.
Una visión similar comparte Bárbara Kübler, quien recalca que la falta de descanso no es un problema individual, sino organizacional. “Cuando el descanso no está presente, se vuelve más difícil colaborar, resolver conflictos y mantener un buen clima laboral. En ese sentido, la productividad baja porque las personas cometen más errores, se toman más tiempo en tareas simples y pierden motivación. Al final, la falta de descanso no es un problema individual, es un tema que impacta directamente en la cultura de la empresa”, indicó.
El rol clave del liderazgo
Más allá de la carga laboral, uno de los factores para que las personas efectivamente se tomen vacaciones es el comportamiento de los líderes. La forma en que jefaturas y gerencias gestionan sus propios tiempos y validan la desconexión tiene un efecto directo en el resto del equipo.
“El liderazgo tiene una responsabilidad directa, ya que sus decisiones y prácticas cotidianas definen de manera concreta las prioridades del equipo. Cuando no se planifican vacaciones, no se gestionan reemplazos o el descanso se valida solo en el discurso, se refuerza una cultura de sobreexigencia. Además, cuando los líderes no se desconectan, transmiten que el descanso es secundario frente a la urgencia operativa. Liderar personas implica cuidar la continuidad del trabajo y el desempeño del equipo a través del bienestar psicológico y la carga laboral equilibrada del equipo”, dijo Reyes Ramos.
Desde Talana, Kübler comentó que “liderazgo juega un rol importante porque marca el ejemplo. Si los líderes no descansan, por ejemplo, responden correos en vacaciones, fuera de horario laboral o transmiten que no hay buen momento para desconectarse, el equipo entiende que descansar no está permitido o produce fastidio”.
Cómo avanzar hacia una cultura que valore el descanso
Aunque el problema es complejo, los expertos concuerdan en que existen herramientas concretas para revertir esta situación sin afectar la operación. La clave está en anticiparse y dejar de gestionar las vacaciones como una contingencia.
“La clave está en la planificación y en la confianza. Cuando las empresas organizan bien los equipos, distribuyen responsabilidades y usan herramientas que dan visibilidad a los procesos, el descanso deja de ser un problema operativo”, explica. A esto se suma la necesidad de instalar el tema en la conversación cotidiana. “También ayuda mucho normalizar el hablar de descanso, promover pausas reales y planificar las vacaciones con anticipación”, finalizó Bárbara Kübler.