Hay una imagen que captura bien al histórico economista que murió hoy a los 100 años: un hombre metido en la bañera, temprano en la mañana, garabateando ideas que horas después moverían bolsas en Tokio, Londres y Nueva York.
Alan Greenspan decía que ahí, entre el vapor y el silencio, conseguía sus mejores pensamientos. Ahí nació, de hecho, la expresión que lo perseguiría el resto de su vida: "Exuberancia irracional", la frase con la que en diciembre de 1996 advirtió sobre el optimismo desbocado de los inversionistas, y que bastó para sacudir mercados en todo el planeta sin que él disparara una sola política monetaria.
Esa era su principal arma: la palabra. No la tasa de interés, no la liquidez inyectada en una crisis —aunque también supo usarlas—, sino el lenguaje cuidadosamente ambiguo con el que convirtió cada intervención pública en un acertijo que Wall Street se obsesionaba por descifrar.Recordado es un episodio en 2007, cuando ya había dejado el cargo. Una charla satelital filtrada en la que apenas insinuó una "eventual recesión" en Estados Unidos bastó para que las bolsas retrocedieran y los diarios hablaran de un nuevo "martes negro". Tuvo que salir a matizar. "Es posible, pero no probable". El hombre llevaba un año fuera del poder formal de la Fed y su opinión seguía moviendo el dinero del mundo.
Nacido en 1926 cerca de Manhattan, en una familia judía, Greenspan —apodado el "Oráculo" o el "Maestro"— estuvo más cerca de la música que de la economía durante su juventud. Tocó el clarinete y el saxofón en bandas de baile, llegó a compartir escenario con Stan Getz y estudió en Juilliard. Pero en los descansos de los ensayos se escapaba a leer libros de economía en la biblioteca.
Años más tarde, ante estudiantes de la Universidad de Rice, resumiría esa bifurcación afirmando que "si en lugar de haber girado a la derecha en la biblioteca, hubiera girado a la izquierda, quizá habría sido físico". Giró a la derecha. Y ese giro lo llevó, primero, a una consultora en Wall Street que dirigió durante 34 años, y después, en agosto de 1987, a la presidencia de la Reserva Federal, nombrado por Ronald Reagan.
No llevaba dos meses en el cargo cuando el "Lunes Negro" borró casi un cuarto del valor de la bolsa estadounidense en un solo día. Greenspan, que confesó después haber confundido por un instante la magnitud de la caída —pensó que Wall Street perdía 5,08 puntos, no 508—, respondió bajando tasas y abriendo líneas de liquidez. Fue el primer capítulo de una leyenda que se extendería por 18 años y medio, el segundo mandato más largo al frente del banco central más poderoso del mundo, atravesando las presidencias de Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo.
Fue la era de la Gran Moderación: ciclos económicos más suaves, inflación domada después de las tasas de dos dígitos de los setenta y ochenta, y una expansión que promedió 3,2% trimestral con apenas cuatro trimestres de contracción en 75. Pero también fue la era en que se sembraron las semillas de lo que vendría. Tras el 11-S, llevó el precio del dinero al 1%, el más bajo en 50 años, y lo mantuvo así por años para sostener la economía.
Esa decisión, dicen sus críticos, alimentó el frenesí crediticio que terminó en la quiebra de Lehman Brothers y la Gran Recesión de 2008. El propio Greenspan, ya retirado, admitió que "el verdadero problema es que buena parte de la política monetaria se basa en las previsiones económicas, y la capacidad de esta es limitada".
El hombre al que el mercado le atribuyó durante años poderes casi mágicos terminó reconociendo los límites de su propio oráculo. Como resume Emanoelle Santos, analista de mercados de XTB, Greenspan "será recordado como el banquero central más influyente de su generación, no porque siempre haya tenido razón, sino porque durante años el mercado actuó como si su lectura de la economía fuera la última palabra".
Su legado, agrega, tiene dos caras: la de quien presidió una de las expansiones más largas de la historia estadounidense, y la de quien confió demasiado en la autorregulación de los mercados, alimentando la cultura de riesgo que estalló en 2008 bajo la sombra del llamado "Greenspan put".
Hace 10 años, cobraba US$150 mil por charla, daba dos por semana, y prohibía que se grabaran sus respuestas. Era, como lo describió alguna vez un profesor de Harvard, un personaje que encantaba precisamente por lo enigmático de su forma de hablar.
Murió a los 100 años, apuntando por algunos como el arquitecto de una era dorada o por otros como el hombre que “miró para otro lado” mientras se inflaban las burbujas que después la historia tuvo que desinflar. Greenspan, al final, prefería la ambigüedad.