La Copa del Mundo 2026 difícilmente puede calificarse como un fracaso, pese a que la inédita intervención del presidente Donald Trump puso en entredicho la integridad del torneo. Con España coronándose el domingo bicampeona mundial tras vencer 1-0 a Argentina en tiempo suplementario, el evento deportivo más lucrativo de la historia logró superar todos los obstáculos que enfrentó en el camino.
La FIFA elevó en unos US$2.000 millones su proyección de ingresos para el ciclo de cuatro años, según un comunicado difundido al término del torneo, cifra que se suma a una estimación previa de alrededor de US$9.000 millones vinculados al Mundial. A eso se agrega un récord de asistencia: más de 15 millones de personas llenaron los estadios y las zonas de aficionados durante el certamen, convirtiéndolo en el Mundial con mayor público de la historia, pese a los altísimos precios de las entradas.
El desempeño organizativo de Estados Unidos también recibió elogios de aficionados y selecciones visitantes, un giro positivo para la imagen del país tras un año marcado por los aranceles, la guerra con Irán y políticas migratorias que impidieron la participación de un árbitro africano y de algunos hinchas con entradas compradas.
Sin embargo, lo que algunos califican como una "obsesión" de la FIFA por el dinero y el poder empañó lo que, por lo demás, fue una fiesta del fútbol. El episodio más recordado fue la intervención de Trump a favor de un futbolista estadounidense suspendido, y el posterior proceso de decisión —poco transparente— que terminó satisfaciendo los deseos del mandatario.
El dilema del tamaño
El nuevo formato de 48 selecciones, considerado excesivo por muchos, dejó historias memorables de equipos revelación: siete países debutaron en una fase eliminatoria de un Mundial. Aun así, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ya evalúa ampliar el torneo a 64 selecciones para 2030, un debate abierto sobre cuál es el tamaño adecuado para una cita que ya alcanzó proporciones gigantescas: 104 partidos en 39 días.
Los futbolistas critican cada vez más la sobrecarga de calendario que les imponen la FIFA, las ligas y las confederaciones.
Los propios aficionados muestran un creciente cansancio frente a la prioridad que el fútbol parece otorgar a los ingresos por sobre el espectáculo. Por primera vez, la FIFA aplicó precios dinámicos para las entradas —un sistema que ajusta automáticamente los valores según demanda y disponibilidad—, lo que se tradujo en precios récord.
¿Un negocio sin límites?
La FIFA ha encontrado formas de monetizar prácticamente todos los aspectos del torneo. Además de quedarse con una parte de las ventas de alimentos, bebidas y reventa de entradas, comercializó incluso fragmentos del césped de la cancha donde se disputó la final: por US$3.000, los aficionados pueden adquirir una pequeña sección del campo preservada en resina junto a una réplica de cristal del trofeo.
El organismo también encontró mecanismos para asegurar ingresos futuros. El público abucheó las controvertidas "pausas de hidratación" que interrumpieron los partidos y que, según la FIFA, responden exclusivamente al bienestar de los jugadores en un torneo disputado bajo temperaturas extremas.
Pero esos intervalos también le dieron más espacio publicitario a cadenas como Fox en Estados Unidos: con dos pausas por partido, las cadenas sumaron ocho nuevos espacios de 30 segundos por encuentro, es decir, 832 anuncios adicionales a lo largo de los 104 partidos del torneo.
Considerando que un aviso de 30 segundos durante un partido mundialista puede venderse entre US$250.000 y US$750.000 —según la instancia, el atractivo del cruce y la audiencia esperada—, ese inventario adicional podría generar cerca de US$500 millones en ingresos publicitarios, compensando potencialmente más de la mitad de lo que Fox pagó por los derechos de transmisión.
Ese colchón le da a la FIFA una posición aún más sólida de cara a la negociación de los derechos audiovisuales del Mundial 2030, cuya comercialización ya arrancó de forma discreta.
El poder de Infantino
El crecimiento sostenido de los ingresos reduce los incentivos para que la FIFA y sus asociaciones cambien de rumbo, pese al malestar creciente entre hinchas y jugadores.
Una eventual expansión a 64 selecciones agravaría los desafíos logísticos del Mundial 2030, que se disputará en seis países, pero también significaría más recursos para todos los involucrados, lo que refuerza la posición de Infantino de cara a su reelección.
Cada federación nacional tiene un voto en asuntos como la presidencia de la FIFA, y se espera que Infantino busque un nuevo mandato sin oposición en marzo de 2027. Las 211 asociaciones miembro recibieron en conjunto US$2.250 millones de la FIFA durante los últimos tres años, y la clasificación al Mundial representa una fuente clave de recursos para las federaciones más pequeñas: Cabo Verde, por ejemplo, obtuvo cerca de US$12 millones gracias a su participación en el torneo, una suma relevante para un país de unos 530.000 habitantes que ni siquiera cuenta con una cancha de césped natural.
"Queremos generar más ingresos, y tenemos que generar más ingresos, porque en la gran mayoría del mundo, en el 80% del mundo, si no invertimos, si no creemos, nadie lo hará", señaló Infantino el sábado en un comunicado. "De lo contrario, la concentración siempre seguirá favoreciendo a unos pocos países grandes", agregó.
Antes de la final, la FIFA informó que más de 200 asociaciones miembro habían manifestado su respaldo a la reelección del dirigente ítalo-suizo.